la historia de un par

He escrito sobre el amor de madre en varios de mis últimos textos. Siempre pensé que mi estado era el materno. El tiempo y mi cuerpo me enseñaron a descubrir que era mucho más que eso. Lo cierto es que estar enamorada de alguien para toda la vida implica una suerte de optimismo constante, de no perderse detalles continuamente, de aprenderse canciones (aunque sea para recordar cómo sonaban en su voz).

Es difícil la fidelidad…escuché una sola vez por la radio algo que recordaría en este momento. “Se trata de repetirse cada mañana que él ha nacido para ti y tú para él. Se trata de recordarlo al levantarte y al acostarte”. He visto gente dolerse por temas de infidelidades. He visto también matrimonios ‘acomodados’ a las apariencias a pesar de haber sufrido la infidelidad de uno de sus miembros. No creo que se pueda vivir así. Creo que uno muere de a pocos. He visto gente valiente que se ha levantado y ha vuelto a encaminar su vida. He visto de todo es este tema. Yo he oscilado entre mantenerme consternada y tomar partido.

La historia es que mantener el vínculo, como en cualquier tema, es una tarea. Para mí eso ha sido lo más difícil, cumplir con la tarea. Creo que el amor de pareja es de las tareas más complicadas y más largas que tengamos. Qué hacer a diario para que el otro esté a gusto o feliz, cuánto debo preocuparme por la felicidad del otro, qué necesito yo para sentirme feliz, cuánto debo ceder, cuánto permitir, qué límites son los infranqueables…

En mi caso, ocurre que al haber criado a dos hijos antes me hace algo ‘entrenada’ aunque la verdad, no ha habido engaño mayor. Hemos tenido que adaptar los estilos, moderar algunas formas hasta encontrar cómo comunicarse, qué entender de uno y de otro. No ha sido fácil. Hay, además, diferencias notables de costumbres o de hábitos que muchas veces nos han retado a abandonar la lucha. Últimamente, hay diferencias de criterios también…y entonces parece asomarse una crisis o el camino irreversible del final.

Solamente me salva en estos momentos la calidad del amor que me sostiene. No importa si en este afán me pierdo, no importa. El recuerdo de lo que existe, de lo que hay entre los dos, es lo que me tendría viva mucho tiempo después. Además, existe una razón mayor por la que hay que ponerse a la espalda cada día, cada gesto de mal humor o de desacuerdo. Solo que esa razón no nos puede ensimismar, ni obstaculizar el pensamiento. Por ahora, y porque esta mitad de año se hace fría por tardes y noches, me queda la casa con sus esquinas y sus olores, la casa por la que respiramos todos, no solo los dos.

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