Un cuento, aún sin publicar…

Noviembre

Era el mes de los no-cumpleaños (en casa no había un solo cumpleaños en esos días). Era el mes de los primeros rayos de sol y era el nombre de una película que identificó por ese entonces a dos locos de amor. Todo comenzó con una conversación en la oficina de él. Ella hizo luego un ejercicio de observación y descripción. Rara vez lo hacía. Estaba habituada a la pintura, no a la escritura. Así escribió: Esa mañana las cornisas dejaron a la vista tus ojos, despacito desperezabas el cuerpo y me atrevía a mirar lo mejor de ti: tus ojos. A estas alturas el mejor estado es éste, estar mirando, tocar desde lejos los contornos de una camisa impecable, el borde de un pantalón (lavado al seco), manipular las llaves -solo por el borde- imaginar luego que el encuentro es posible en un paraje, en un desierto, llenos de calor, de piel, de risa (que ayuda, que olvida miedos). Confundir luego tu voz y reafirmar el tono que debes usar para el trabajo – no para el placer- ¿Cambiarte de nombre? imposible. Tu nombre estaba en todas partes ese día, en los cuadros que no habían colgado, en la pintura fresca, en los marcos de madera, en las cornisas de tonos fuertes y graves … en la camisa, en el pantalón.”

¿Podrías mirar otra vez por mí ese periódico? Necesito ver esa resolución publicada y no la encuentro. Siempre me pregunté por qué había aceptado el papel de la dispuesta y puntual secretaria. ¿Qué hacía él que provocaba la sumisión en todas las palabras que dirigía hacia mí?. Acepté ser, silenciosamente, la amante de su historia, la que no chistaba, la que no se oponía y menos disponía.

Luego siguieron una serie de conversaciones por un trámite pendiente entre ambos. Ella tenía un hijo que haría un viaje de familia y él se ofreció a gestionarle el Permiso Notarial. Las llamadas iban y venían. Llegaron llamadas al trabajo por lo que las amigas curiosas preguntaban ‘¿quién es y por qué te llama tanto?’. El día que él llamó para decirle que fuera a recoger el Permiso a la oficina, ella notó algo extraño en su hablar y en sus gestos. Estuvo muy conversador. Parecía querer estirar el tiempo o no querer darle el papel para que ella se quedara un rato más. Esa tarde se dijeron muchas verdades: como el gusto por la playa y el mar, como el deseo de un poco de vacaciones, las frecuentes fiestas en el sur etc …De pronto, ella miró el reloj y notó que estaba una hora prendida de esa conversación. Se fue.

En esa época, trabajaba con él hasta las 7:00 pm de la noche. Algunas veces aceptaba que me regrese o que me acerque al paradero más cercano. Para llegar a esa oficina hacía un recorrido larguísimo. Me excitaba estar cerca de él, conocer sus tretas, apuntarle falsas reuniones, cubrirlo con la novia. Además, cuando comencé a acostarme con él, creí que había logrado un acuerdo implícito en el contrato.

Cuando por fin llegó la época de navidad ella decidió llevarle una cajita con galletas hechas en casa (un gesto de agradecimiento y de afecto por sus atenciones). Lo que fue extraño fue sentirse nerviosa. Ni siquiera se quedó a entregarlas personalmente. Dejó  una nota y salió de la oficina…total ya habría otra oportunidad. Él llamó para agradecer las ricas galletas. Le contó que ya no quedaba ninguna y que se había escondido en un clóset de la oficina para no invitarle a nadie.

Ese mismo día se dio un arranque de atrevimiento y de audacia por parte de ella: ¿y si lo invitaba a tomar un trago? Vía correo era más fácil ser atrevida (ahora que todos se comunicaban por ‘mail’). Se evitaba el rostro enrojecido o el temblor de las manos. Así, envió una pequeña nota en la que sugería un trago por el último tiempo y por los trabajos conseguidos juntos. ÉI respondió casi de inmediato. Venía el fin de año y ambos ya tenían algún plan con la familia o los amigos. Entonces quedaron para la primera semana de enero. Él llamó el tres de enero (quería que fuese ese día). Ella aún no tenía listos algunos regalos que debla llevar su hijo. Quedaron para salir hacia la mitad de la siguiente semana. El día sería el 8 de enero.

¿Una cajita de galletas? Me pareció extremadamente tímida la muchacha o la señora (como yo la llamaba). Me provocó hasta advertirle. No estaba en mi papel si lo hacía. Noté su emoción al dejar la nota, al tutearme y pedir que ni le avise que había ido. ¿Era la primera vez que veía a alguien ser tan dulce con él? Yo no me permitía manifestaciones de dulzura. Me entregaba a la pasión sin consultar al ánimo.

Los días previos fueron de emociones superpuestas y nuevas. Ella aún no creía lo que era posible. No creía que él la vendría a buscar. No sabía qué vestir. Se probó varias faldas y polos. Se quedó con el color celeste del cielo. ÉI llegó casi a tiempo. Ella abrió la puerta. El perfume la inundó por completo. Fue un signo que los sentidos despertaran a ese olor.

Le abrió la puerta y el auto era una máquina de refrigeración (lo que hacía aún más cómoda la estadía). Una vez dentro escuchó una querida canción y reconoció al grupo. Rock de los 80, -¿Tú oyes esta música?- Sí, por supuesto-. Hubo risas. Después, repitió un comentario que ella usaría toda la noche para recordarle que era un exquisito. Él había asistido hacía un año a un concierto de Depeche Mode en Nueva York. En realidad a ella le hubiera gustado ser él en ese concierto. Luego, fue conversar sobre lo que tomarían. Ella traía el sabor del vodka con Schweppes (con el que quiso emborracharse inútilmente en año nuevo). Él había tomado lo mismo. Lo que significó una primera coincidencia.

En esos días de enero, él estuvo fuera del planeta. Se peleó con la novia. Tuvo una discusión de película o al menos eso parecía. Me costó mucho esfuerzo que cumpliera con la rutina de las audiencias, que firmara escritos antes de irse a encontrar con ella -no lo decía, pero para mí era evidente-.¿Pudo ella haber provocado ese desorden? No tuvo gestos conmigo. No se acordó de mi cumpleaños. No me importó (tampoco). Sabía que en algún momento regresaría sin pedir permiso. Me llevaría de regreso. Sugeriría una comida al paso o una copa para matar la noche.

Coincidieron después en el lugar al que querían ir. Luces de neón, ambiente frío, poca gente, música tenue por ratos y vibrante por otros. No pararon en surgir referencias que los involucraban. Los recuerdos de un mismo club (al que los dos iban sin haberse cruzado). Difícil cruzarse, él era menor por algunos años, ella jamás hubiera mirado a un mocoso. La música fue ‘el tema’ por varios minutos: él tenía un deseo aún no cumplido de tocar teclados o hacer música. Ninguno de los dos imaginó entonces que se oirían cantar a los oídos y bendecirían ese momento. Hablar sobre comidas y postres hizo que soltaran las risas. Esas por las que ella pensaba que se olvidaban los miedos.

Después fue recordar rock en español y anticiparse a lo que uno u otro comentaba. No había lugar a dudas. Estaban pensando lo mismo y se interrumpían para hacer más visibles las coincidencias. EI alcanzó a rozar su piel por la muñeca y se quedó sujetando unas pulseras que tenía puestas. Ella, quiso desprenderse una y otra vez; sin embargo, buscaba dejar las manos cerca, miraba esos ojos profundamente.

EI trago parecía una broma por ratos (ella tomaba algo parecido a una limonada, él reclamaba la misma cantidad de vodka para los dos) . Tomaron hasta tres veces el mismo trago cada uno. Él habló de un lugar con una música que le encantaría. Ella quería ir. Esa noche se dieron todos los permisos. Manejó hasta Miraflores. Cuando le abrió la puerta ya estaba cerca. Aún no se acercaban lo suficiente. Llegaron y la música fue lo mejor (no la gente que los miraba llegar y los otros que bailaban en pleno desenfreno). Era él que la tomó de la mano. Ella se sostenía de su brazo. ÉI pidió dos tragos más que no tomaron. Fueron por unas escaleras a una mesa desde donde se veía todo el lugar. Solo ella se dio el lujo de mirar. Lo demás fue encontrarse con sus ojos y fue detenerse en un beso que parecía decirlo todo. No hubo palabras entonces. No había un ruido que los distrajera. Era besarse por siempre (lo que en ese instante significaba `siempre’ asumiendo que el tiempo es relativo y personal). Vámonos,  (escuchó decir) y solo quiso ir.

No hay forma de describir cómo vieron la noche ese 8 de enero, cómo manejaron juntos, cómo ella movía la palanca de cambios y él la miraba de rato en rato. Cómo entonces los días resultaron interminables. Ella esperaba oírlo, él leer sus mensajes en la computadora. El fin de semana cuando por fin hablaron por teléfono descubrieron haber visto las mismas películas. Algunas inútiles y románticas como  Sweet November. Era un mes él que ella pedía. Él se resistía a darlo, hasta que aceptó.

Él se convirtió en su noviembre. Ella no estaba enferma pero era como si lo estuviera. ÉI tenía que elegir y ella sabía de antemano que no tenía oportunidad de ganar en tamaña contienda. Sin pensar en lo que determinarían las decisiones que debían tomar se entregaron a la batalla de dos cuerpos enamorados y adorables. Se dieron los besos que en un siglo no serían capaces de repetir con la misma audacia. Recorrieron Lima en un afán de recorrerlo todo y grabar para cada quien los lugares, los nombres, las canciones. La vida de cada uno pasó delante de los dos. Fue demasiado cuando ella volvió a preparar un postre para su amor y él se llevó un trozo de turrón de chocolate para la oficina. Ella no recordaba cuándo había sido la última vez que había cocinado para un hombre. En los cinco años de amargo matrimonio las ganas de endulzar las había olvidado.

Fue una noche que descubrieron el gusto por la ropa interior de algodón, noche en la que ella hubiera pintado, por fin, el cuadro de sus sueños. Cuatro piernas abrazadas sobre una superficie clara. Cuatro piernas que al juntarse dejaban ver las truzas del mismo color y la piel combinada.

Uno de esos días, volvió a mirarse en mis ojos. Me contó (al oído) esa noche, que esa muchacha lo había deslumbrado, que estaba muerto de miedo. Esa noche lloró en mis brazos. Me dijo que esa ‘niña’, así la llamaba, no tenía futuro en su vida. Dijo que guardaba todas sus palabras, que había encontrado el otro lado de la dulzura. Dijo, por último, que me podía contar todo esto porque siempre lo había hecho. Esa noche no hicimos el amor. Sentí pena por él. Él sintió una profunda pena por la muchacha. Me dejó sola. Yo sabía quién era.

Hubo momentos en los que el tiempo parecía detenerse: ella no envejecía y a él ya no le salían canas. Era el carpe diem además de los demás tópicos en los que los poetas intentaban vencer a la muerte y conservar la belleza para siempre. Él recordó una vez, una égloga. A ella los ojos le brillaron de ternura. Se estuvo preguntando horas si sería posible continuar, si en esta vida, con este cielo, con este mar, olvidarían las correspondencias, las razones, los pendientes y se embarcarían en esta aventura sin tiempo.

Una tarde (esta vez no fue noche) ella le pidió que resolviera el lío que tenía en el corazón. Le dijo que volviera con la novia que había tenido por seis años. Ella no imaginó jamás oírse decir semejantes palabras. Recordó haber escrito unas líneas que nunca le envió, en las que decía: ”quiero que seas feliz y si es con ella, quiero que ella note en algún lugar de ti algo que yo dejé, quiero que sepa que si algo cambió en ti fue por mí, que ya no amas igual, que llené tu cuerpo de sueños, que eres mejor”. En ese instante se vació entera. Se dio en cada abrazo, en cada caricia, en cada beso. Habló de tenerlo en el ombligo, en el centro del estómago, en los pulmones y en el corazón. Habló de amor y al decirlo en eso se convertía. Pensó dejar Lima. Jugó con la idea de que si tendría que volver a su oficina por algún motivo iría acompañada. Estuvo con él un rato más. Luego se extravió en un llanto silencioso y dulce. Empezó a cantar boleros…él la acompañó. No hubo despedida posible. Se rieron cuando por fin habían descubierto un defecto entre tanta perfección.

Poco a poco la rutina regresó. Una tarde apareció ella extremadamente bella. Traté de avisarle que el doctorestaría ocupado diez minutos más; pero, ella ya estaba al tanto ¿Iba a despedirse? Se sentó, revisó unas revistas de pesca submarina -pensó en las veces que había querido ser bióloga marina- Él bajó directo hacia la sala en la que se encontraba. Ella, todavía algo inquieta, quiso dejarla revista y se le cayó. Él se agachó para recogerla, ella también. Coincidieron en las miradas- yo lo vi- subieron juntos las escaleras, llegaron a la oficina, la puerta se cerró-.

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5 respuestas a Un cuento, aún sin publicar…

  1. Niña dijo:

    Gracias por abrirme los ojos

  2. Johne701 dijo:

    This is one awesome blog post. Keep writing. fddkedacdbaf

  3. Sorry, I don’t know enough the platform.
    Good luck!

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