Mis libros

Ayer ordené mis libros. Cogerlos por el lomo, limpiar las junturas, sacudir el polvo pernicioso (que está en Lima por todas partes), me hizo bien. Mis libros soñados, los más leídos, los relatados a mis hijos se encuentran intactos. Las notitas y los marcadores cayeron de varios. Recordé cuándo los compré, quién me los regaló, qué frase subrayé. También abracé con cariño los que no terminé de leer o me propuse abandonar porque mi compromiso no fue contundente. Están también los pendientes, los que esperan otro tiempo y mejor clima y un espacio acogedor para la lectura.

Alguien que pasó por mi lado, de los de mi casa, me dijo ¿regalarás alguno? Y lo pensé. Salvo el hecho  de que cada vez que los limpio, elijo uno para alguien (por alguna circunstancia), respondí que no. Me doy cuenta que guardo libros que ya debería dar de baja por la antigüedad o por lo desactualizados. Encontré alguno de geografía o algún diccionario que juzgarían por la antigüedad. Y uno termina haciendo una fila de donación para algún lugar en donde la tecnología no ha llegado o donde tenemos la certeza que quizás aún sirvan.

De nuevo pasar la mano por el lomo de mis libros hace que el sabor del mundo sea distinto.

Y uno lee para otros. Uno tiene libros para enseñarlos, para compartir con sus hijos, para conquistarlos. Por ejemplo los poemas de Luis Hernández los he leído con mis tres hijos. Hasta Giacomo conoce el libro por sus colores y dibujitos. Los libros de Henry Pease me recordaron el curso de Realidad social peruana, los libros de Blanca Varela me devolvieron (una vez más) el norte soñado, el mar, la arena. Las cartas de Rilke tenían guardada una lista que Luis Jaime me dio. Sus libros recomendados, las anotaciones sobre mis poemas o exámenes, sus comentarios sobre algún bosquejo de poema o cuento…también están guardados entre mis libros.

Están los libros de niños. El sueño con cada uno. La rutina al acostarlos, la lectura y la propuesta de seguir contando una historia y hacer aparecer a algún personaje con características heroicas. La idea de los cuentos interminables y de tener uno favorito. Giacomo tiene el cuento de un petirrojo dulce y de unos dinosaurios, escritos en rima, que leemos cada noche de forma intercalada. Ale leía Goig conmigo y a veces un libro gordo y púrpura de muchos relatos italianos clásicos. Andrés leyó más de una vez algún libro de piratas y corsarios. Las aventuras lo conectaban con el sueño.

Alguien me preguntó cómo hacía para que quisieran leer…o cómo lograba que lean… No es un logro mío. Es algo de disciplina, de ritos…Los dos mayores me han probado que la lectura tiene unos caminos inescrutables. Ale escoge lo que lee. No lee lo de todos, le gustan algunas épocas históricas (otras no tanto). Andrés lee y lee poesía…lee mucho sobre su especialidad, de una forma apasionada. Giacomo no se acuesta sin leer juntos la historia de Rogelio o de la tortuga. Ayer mismo, ya estaba dormido cuando lo cargué del auto a su cuarto. Veníamos de un día largo y juguetón, de correr por el parque, de pasar a visitar a mi hermana…y me dijo entre sueños ¿qué leemos mamita? y ¿con qué voy a dormir? Entonces, traje silenciosamente el libro, comencé a leer en voz muy bajita…pensaba yo que mi voz molestaría su sueño o impediría que duerma…entonces, dijo: Más alto mamita, para escucharte…y fue así. Se acomodó a escuchar, fue cerrando sus ojitos y se quedó profundamente dormido. Yo no paré de leer hasta que el cuento había terminado.

¿Será que el sueño y los cuentos siempre estarán conectados? y que, ¿uno sueña historias interminables y cuentos fantásticos? No sé. Lo cierto es que hay que leer con propósito y disciplina. Hay que conectar todos los sentidos en ese esfuerzo. Dejar el juguete más querido al lado y escuchar…y luego inventar en medio de nuestros sueños otras historias, con seguridad, una de las formas de ser feliz.

Así dejé en una hilera cercana los libros de Fonseca o los de Cortázar. Dejé también cerca los de poesía que me salvan, tantas veces, tantas. Dejé muy cerca lo último que ha publicado mi hijo mayor en algunas revistas (Lexis o Academia peruana de la lengua). Dejé a la mano la poesía de Garcilaso o el teatro de Lorca. Solo para estar preparada, ahora que leo eso con mis alumnos…¿y con ellos y ellas? ¿Cómo conectarlos con lo que leen? Es siempre una batalla campal. Pensé el otro día en escribirles sobre mis libros para ver si eso lograba convencerlos. No lo creo suficiente pero al menos es un intento. De eso se trata crecer también, de intentar…

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