When I see you…

Ayer disfruté de un concierto que hubiera querido tener en los años noventa…con un Robert Smith más parado. Igual su voz, sus gestos, su histrionismo se mantienen intactos. Pienso que a los veinte hubiera saltado un poco más que la chiquilla que estaba a mi lado. Bailé y me enamoré con varias de esas canciones. Retorné a la vida en más de una oportunidad cuando recreaba la canción de Friday, I’m love. Fue muy emocionante escucharla corear por todos anoche…fue una acto lleno de amor, sin dudas.

El hecho es que Lima era muy distinta cuando yo tenía veinte años. No hubiera podido haber una manifestación de cuarenta mil personas. En nuestras fiestas, las pocas que recuerdo, teníamos que quedarnos de toque a toque para no alarmar a policías ni a vecinos. La música que poníamos en un momento era solo para cantarla o corearla y así llegó The Cure a mi vida. También llegó porque pasaba horas con mi pequeño y bailábamos juntos. Puedo contarle ahora cuánto me divertía su risa en esa época, como ahora, cuánto, sus esfuerzos por bailar me conectaban con lo mejor del mundo, sus ojitos.

The Cure también me acompañó con mi niña…en otra época, en cuánta aventura y cuánta emoción. Había sido un tiempo en el que yo había tomado distancia de todo, del resto, de los otros. Había sido una época triste. Mi papá, además, nos había dejado después de pelearse con el mundo por un párkinson que cargó con muchísimas dificultades. Yo estaba triste y quería lucharlo todo. Por eso, decidí muchos cambios y me fui aliviando cuando una noche volví a escuchar Show me, show me, show me…había estado ausente de lo que pasaba a mi alrededor. Bastó que alguien me recordara quién era, para creérmelo de nuevo.

No quería hablar solo de la banda. Quería recordar, en un momento de nostalgia, por qué decidimos, lo que decidimos. Desde enamorarse, tener un niño, casarte, adelgazar, hasta cortarse el pelo. Decido estar presente en la vida de mi pequeño, el menor, el de cuatro años y me doy cuenta de que este cuerpo quizás no dure el tiempo que yo tengo decidido permanecer. Y es que quisiera estar en cada instante de sus juegos (lo que es imposible) y de sus sueños.

Decido recordar, cantar y escuchar letras que había guardado en el corazón. Es que eso logra la música, transportarte, llevarte a los pasados más remotos, soñar con los posibles futuros. Llevarte a ciudades con las que has hecho algún conjuro, Buenos Aires y sus calles, Nueva York y sus parques. Decido casarme (no sé todavía por qué ahora) y creer que podré verme todavía hermosa y correr tras mi pequeño sin tener miedo a la celulitis. De eso se trata la música también, de acompañar nuestras decisiones, de tener el momento adecuado y la mejor compañía. De eso se trata también estar vivos, de disfrutar a los que amamos, de rodearnos con sus recuerdos…porque de este mundo nos podremos ir, pero nadie nos quitará los sueños y los recuerdos…todo lo demás no importa…

Aunque claro, uno deja la casa que siempre quiso con las habitaciones que soñó para sus hijos, con un dulce parque cerca, con las ventanas que te harán mirar el sol y los árboles. Uno después dice y para qué me preocupo tanto, ¿para qué? si quizás esto sea muy rápido. Y sí pues, esto de estar acá de paso, nos hace dudar tanto, tanto…

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