Sobre la estructura (2)

La última reunión sobre mi pequeño nos ha entusiasmado mucho. Y más, escuchar a su psicóloga decir que somos su estructura, me traslada a un escrito de hace no mucho tiempo atrás. Las columnas, el fierro, el concreto y los ladrillos… Todo lo que sostiene una casa: nosotros, sus hermanos, su papá y yo. Somos su casa.

Es un alivio escuchar eso. Es además, un signo de mucho trabajo, de mucho quehacer. La casa con la que sueño son ustedes: mis hombros se recuestan en eso, en sus brazos abiertos, en la calma de sus palabras, en los gestos amorosos, en alguna siesta compartida. Y es que cuando no se ‘tiene’ casa aún y estamos como gitanos albergados por un lado y por otro, se tiene miedo de haber perdido la esencia…y eso es lo que cuido cuando los veo.

Cuido, también, nuestras conversaciones, nuestros secretos. Las caminatas juntos, los pasos en silencio. Cuido que no me abrume la nostalgia, que estar con cada uno, sea un momento, sea por teléfono, sea por un mensajito, me llene para todo el día, para toda la noche. Y es que a esa hora, es cuando más nos preguntamos hacia dónde estaremos yendo. Es la hora en que Giacomo pregunta si extrañas tu casa mami, y si mi cuarto estará cerca del tuyo. Es la hora en que hundo mi cabeza en la almohada para esperar más rápido el amanecer, para esperar un nuevo día que me anuncia que el tiempo pasa, irreversiblemente.

No es tan fácil estar de gitanos. Está el otro lado: no incomodar, no hacer demasiado ruido, no cargar con muchos bultos para no repletar el espacio. Adecuarse a las otras rutinas, a los espacios y a las nuevas conversaciones. La suerte es la familia que tenemos cerca, que con todos los requiebros y pendientes, nos han abierto la puerta y nos han alojado. El mayor, sin embargo, fue a buscar una habitación, ordenó su ropa, libros y se mudó. Pronto, estaremos con Ale también. Habrá que acomodar una nueva habitación, ubicar sus materiales, su ropa y sus libros…igual, nos acomodaremos, estaremos dispuestos, entrañablemente dispuestos.

Lo cierto, hoy que estuve leyendo poesía, es que el amor de los padres, la casa paterna, el alimento de la madre es irreemplazable. Como en Los pasos lejanos: “Mi padre duerme/figura un apacible corazón”, o como en Trilce XXIII, “Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos/ pura yema infantil innumerable, madre”. Infaltable también, el darse, en un pan, unas frutas o un pedazo de carne…y es que somos de harina también, hechos de trigo y salvado…

La estructura, entonces, de la que vengo  hablando hace meses, tiene los gestos de la ternura, del cariño, de la reciprocidad. (Palabra hermosa, que había guardado en un baúl hacía mucho tiempo y que esta semana he rescatado para mis oídos). Ser recíprocos es devolver con la vida, lo que has aprendido. Nada como eso. Eso hacemos cuando somos madres y también cuando somos padres. Devolvemos la vida que nos dieron en un puñadito de pan…amasamos harina y agua, calentamos el horno, cuidamos los bordes (para que no te quemes), abrazamos durante el sueño, nos enamoramos de nuevo. De eso se trata.

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