Miedos

Esa mañana tuve tanto miedo que no lo he procesado aún.

No sé qué resulte de volver a conversar con mi psicóloga de años. Esa vez, me ayudó a tomar ciertas decisiones muy importantes: Dejarme de ambigüedades, determinar qué clase de hombre quería a mi lado, aclarar el panorama, despertarme con pie derecho y olvidar los antiguos errores. Me hizo sentir valiente como nunca antes.

Lo cierto es que al fondo, muy al fondo había una herida latente. Cómo sentir la muerte, el descalabro del cuerpo, los abandonos, las distancias. Cómo sentir que no había desarrollado un vínculo con mi madre, cómo sentir que mi padre había muerto, cómo olvidar que había sido la última y que había crecido sola y solitaria. Cómo olvidar que el primer amor fue el de la imagen más adulta que había conocido, el padre que me había abandonado o el padre que buscaba me protegiera hasta el final.

No resultó. Fue un fraude. Acabé enferma y temerosa de los otros. Un tiempo estuve jugando con los límites del peligro. Otro tiempo, me amisté con la oscuridad. Después, viví pegada a mis niños (de entonces) y crecí con ellos. Siempre digo eso. Crecí…salí de casa muy chica, inmadura y frágil.

Entonces, entre las miles de palabras de intercambié con Julia, mi psicóloga, apareció la de ‘reconstruirme’. No importaban las muertes, los abandonos, los vacíos. Había que hacerse de nuevo, de un pedazo a otro. Así, después de un buen tiempo (otra vez) te conocí. Creí en tu sonrisa, en las mil formas de decirme tu amor, en las mil veces que aparecías de pronto, sin avisar, para sorprender. Me enamoré de tus manos grandes y firmes, del juego de palabras infinito, de los chistes sobre tu melodramática vida. Me enamoré de la forma de mirarme, de cuidarme. No hubo hasta ahora un cuento parecido: una noche, un minuto, un beso…

Tuve que guardar mis miedos en un cajón que de vez en cuando abría y revisaba. No tuve oportunidad de cerciorarme que no escaparían un día, no pude.

Entonces vivimos juntos. Fue rápido, todo pasó de pronto. Tenía el plan de comprarme una casita, un departamento chiquito. Empecé a revisar planos, avisos, periódicos. De rutina, cada fin de semana íbamos a visitar alguno. Mis hijos me acompañaban en el proceso, estaban ávidos de encontrar un sitio en donde depositar los sueños, en donde contarnos los últimos secretos. Así, te uniste a la búsqueda. Participabas de todo, te mudaste con nosotros.

He estado pensando: ¿Así son las historias? ¿Es la mía una suma de reveses, de ir y volver, de empezar por otros caminos? No sé. Quizás por eso, estas lágrimas ahora o las lágrimas el día en que me enteré que iba a ser madre otra vez. He dicho: “me deslizabas por el oído el hijo que tenía dentro, lo dejaste reposar en mi vientre”. He dicho: “corazón de azúcar, trozo de pan”. Esa tarde lloré mi historia. El temor apareció de nuevo, tomó mi cuerpo, lo envolvió. Sin embargo recuerdo con placidez ese embarazo. Recuerdo, de nuevo, las ganas de dormir, la quietud de mis pasos, contarle muy bajito historias de piratas y corsarios, cantarle despacito sobre la cigarra.

Regreso así, a la mañana del parto. Fuimos tranquilos, algo organizados. Es cierto que faltaron ropitas, que se encargaron de recordarnos la carga de imprevistos que trae un bebé. Es cierto, que contaba mis latidos, que me dijeron: ¿primer hijo? –no, el tercero-Ahh entonces, es una experta.-No lo sé, hace dieciséis años del último. Nos reímos. Quise creer que estaba lista, quise recordar mis últimos ejercicios de respiración. No fue fácil. Algo te tenía pegado al cuerpo, tercamente, apasionadamente. Recuerdo la sala de partos. Recuerdo la intensidad del verde de los mandiles. El ‘sapo’ con su sonrisa y su suavidad diciendo: Puja…Recuerdo que nos miramos y supe que algo estaba pasándome. Me trasladaron a sala de operaciones. No iba a ser simple, me tendrían que operar. Entonces, como en una explosión, tú saliste apresuradamente y contigo una carga inmensa de sangre me abandonó.

Hemos pasado cuatro años. Estás recordándolo todo. Juegas a que te desarmas, explotas y luego viene mamá a cuidarte, limpiarte y ‘reconstruirte’. Casi muero entonces. No pude sino mirarte, hermoso, inmenso, fuerte. No pude, en ese momento más que mirarte, mirarnos, contar tus deditos, olerte y dejar que te lavaran, te llevaran. Estaba con un cuadro inestable, me tenían que colocar en Cuidados intensivos. Tu madre no se iba a ir, no ahí, que lo había luchado todo. Igual, fueron difíciles esas horas. Mi lucha fue grandiosa. Recuerdo desmayos o pérdidas de conciencia o sueños inmensos a esas horas. Recuerdo, angustiarme porque no venía nadie a verme…hasta que apareció tu hermosa hermana. Recuerdo su gesto, su calidez. Recuerdo que apareció él, nervioso hasta angustiado. Recuerdo que me dio un beso, que se quedó un momento que para mí fue eterno, que vi sus manos acariciar las mías…recuerdo al último a tu hermano mayor: ‘descansa, mami’.

Estuvimos juntos en ese trance difícil y salimos victoriosos. Estamos juntos ahora que se remueve todo, que preguntas por tu casa, que extrañas las rutinas, a los hermanos, que te preguntas si te quieren los amigos o si no. Cómo contestarte que un día encontrarás a los amigos que necesitas, un día respirarás tranquilo, la agitación de tus miedos acabará, tu exasperación por perderte desaparecerá. Un día, cuando entiendas que no me voy a ir, que estaré siempre a tu lado, que cuando duerma me des tú un beso y me digas ‘descansa mami’, llegará y se quedará contigo para siempre. Un día.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s