Cuando la hija crece (ventidós)


 

Llega tarde, reniega más y está, mucha parte del tiempo, ocupada en sus ‘tareas’. No tiene tiempo para desayunar o sentarse a almorzar con calma. Llega atravesada de sueño y discutiendo sobre algún pendiente. Los fines de semana, a veces, logra contener un poco la desmedida fuerza de los ‘quehaceres’ universitarios, y se pone al día. Se sienta, acomoda su cabeza sobre el brazo, cuenta de la salida nocturna (los últimos incidentes) y uno reconoce a la misma persona que ha criado, con la misma ternura. Nadie me va a quitar las conversaciones con mi hija mayor.

Sé que los detalles son importantes. Ella también lo sabe. Nunca como este año he sentido que sus tareas y sus logros han sido lo suficientemente valiosos como para ser seleccionada  para un préstamo. También sé que hay otros a los que le cuesta ver esos esfuerzos y llegan a insinuar que son torpes llamadas de atención, engreimientos y/o tonteras. La verdad, no hacemos caso. Ni ella, ni yo. Creo que la he entrenado para hacerse gladiadora, para hacerle frente a los huracanes y también a los ventisqueros. Ella sabe que puede lidiar con todo o con casi todo. También sabe que mientras dure, estaré cual muro inquebrantable cerca, casi al lado.

Lo que también es cierto es que cuando la hija crece, comienzan a aparecer algunas distancias inevitables. Esas situaciones, sobre todo para mí, resultan engorrosas, incómodas y muchas veces dolorosas. Lo cierto es que las amigas, el grupo, los círculos se van cerrando. Queda luego la madre atenta, alerta, aunque a una distancia irremediable. Ante esto queda el recuerdo, y queda también la oportunidad de que una tarde sea la mejor de todas, buscar algo para ponerse, salir en búsqueda de ofertas y precios increíbles, está, también que una mañana el café nos reúna y nos contemos las mil y una de los últimos días, está el sofá, la cabeza en mi regazo y tus rulos dispersos para acariciar.

También sé, como mamá, que recogeré una a una tus lágrimas. He estado preparada toda mi vida para eso. Sé que para que el amor calce tendrán que pasar varios inviernos. No pierdas la calma (alguna vez lo hice). Un día, sentirás que ese era el momento y la persona. Sentirás que esa risa es la que quieres tener cerca y esa mano, la que camine contigo. Después, pequeña mía, la vida da mil vueltas, esto puede ocurrir aquí o en Praga. Eso sí, donde pase, no te olvides de contarme. No importa si no es el mismo instante, no importa si pasan algunos días o algunas horas. No olvides nunca de ponerte al día conmigo, yo estaré esperando.

 

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