La mirada de los varones

Mi hijo mayor ha crecido demasiado. Ahora ya no puedo reclamarle mucho y espero hasta que se le ocurra venir y tomarse un café nuevamente. Vive ahora tomado por el tiempo de las preocupaciones. A su edad, yo, era una mujer solitaria que cuidaba a dos niños. En las últimas semanas nos hemos visto más, nos hemos dicho cuánto nos queremos y cuánta falta hace su voz entre las altas paredes de la casa, cuánto su hermano lo mira, lo abraza y se despide de él con ese cariño diario, el de todos los días. Ahora viaja, empedernidamente, hacia la selva o hacia donde quiera e investiga y apunta, anota, graba. A mí me impresiona su fortaleza y trabajo. Hemos empezado uno, juntos, estos días; él una parte, yo otra. Así es la historia de nuestras vidas. Se cruzan y se encuentran. Igual, no hay momento más hermoso que nuestro abrazo cada vez que sale de viaje, cada vez que regresa. Tengo el sabor de su piel grabada en mi alma. Su mirada lo atraviesa todo, es siempre un consuelo. Es dulce y asertiva la forma en que lo mira todo. Así debe ser.

Mi hijo menor trata de entender este mundo. Le está costando mucho esfuerzo, mucha paciencia, muchas ganas. No dejamos de conversar cada día, cada tarde o cada noche. El plan de no discutir o de no ofuscarnos muchas veces no resulta. La verdad, es que su ímpetu y su frustración me tienen comprometida hasta la ingle. Me duelen cuello-espalda y piernas. Hay algo físico que toma mi cuerpo y que trato de relajar, de calmar con bolsas de hierbas o piedritas calientes. Hay algo físico que muchas veces me derrumba y me vence. Trato de decirle: mírate, piensa, tú no quieres hacer eso. Algunos días me responde, fuerte y sonoro: sí, eso quiero hacer. Luego se tumba en los brazos y se hace una ovejita como para abrazarlo y escucharlo. Llora, besa y empieza a respirar con otro ritmo. El otro día hicimos una tarea juntos. Hicimos arañas con plastilina, recortamos unas figuras, buscamos información, escuchó lo que leía y luego pintó conmigo u dibujito impreso. Es un niño al que le gusta aprender, sobre animales, sobre música, sobre palabras. Sueño con su mirada dormilona. Sueño.

Este texto era para conversarles sobre la mirada de los varones. Y es que en estos días me he fijado en la mirada de los varones, los de mi entorno, mis alumnos, mis chiquillos. Los ojos que se clavan para decirte que no la están pasando bien o los ojos con los que preguntan hasta cuándo vas a exigir o que te miran para decirte que están cansados. Las miradas de los varones suele ser curiosas, pícaras, suelen estar entre dos polos, suelen quebrarse para pedir ayuda o suelen extenderse cuando lo que buscan son mimos.

Son curiosos los chicos y no son tan simples y sencillos como se proclaman. En realidad, sufren la competencia de quién se ve más macho y quién es el más fuerte. El que no entra en ese juego suele ser un ‘outsider’ y estar lejos del panorama de las chicas o entretenido con otros temas. La verdad, cada vez más, veo que existen las alternativas para esos chicos. Pienso que, cada vez más, las niñas están dispuestas a que les guste el ‘extraño’, el que canta, el que toca guitarra, el tímido y que no es tan guapo. Porque, no ser guapo entre los muchachos cobra feo. Puede ser un ‘quedado’ o encerrarse en la mayor timidez o el mayor desparpajo. Cuando la figura es la última no es tan bien acogido entre las chicas.

Entre los niños es algo parecido. El mío es de 220 voltios y solo hay una niña que sabe comunicarse con él. El resto puede desaparecer, porque él siempre dice, ‘es que ella es tan hermosa’. No sé qué pase con él este año, ni cuánto pueda asumir que lo que no ha aprendido, va a necesitar otra disposición, otra actitud y una madurez de mayor volumen. Creo que nos equivocamos al hacer que empiece tan temprano o creo también que iba a  pasar de todas maneras. Iba a mirarlo todo, iba a clavar sus ojitos con desesperación  e íbamos a tener que estar ahí, en ese instante, en el que él nos necesitase. Como siempre.

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