Mi madre y Giacomo

Al final no sé cuánto se acuerde uno del otro. Lo cierto es que mi madre es una abuela ejemplar. Está siempre dispuesta, es siempre juguetona, quiere siempre hacer y ayudar. Hoy lo acompañó al cumpleaños de una amiguita. Estaba dispuesta a irse sola con él en un taxi de la calle y uno que trata de cuidarla y abrigarla y ella que no se deja. Sin embargo, logramos llevarla, estar con ella y con él, disfrutar de lo que ella mira y lo que ella piensa. Y es que a veces, yo soy dramática y me detengo y veo todo muy lejos, y ella logra que aterrice (sin golpearme). “El tiempo le hará bien, es un niño inteligente-me dijo- acuérdate que yo he visto a cinco.”
Así es mi madre y entiende los tiempos que demoran algunos niños, entiende que los aprendizajes se dan en mayor o en menor medida, entiende que mientras estemos cerca, todo irá bien, mientras él esté dispuesto también.
Giacomo por su parte piensa en ella como una amiga de juegos y de bromas. Sale a esperarla con ansias, va a su casa con ánimo de celebrar. Sabe qué es hacerle caso, sabe que está ‘vieja’ y que la tiene que cuidar para que no se caiga. También dice que tiene una piel ‘muy suavecita’, casi como de ‘tela’. Dice que su pelo es blanco porque ha vivido mucho y sabe mucho. Dice que es divertida, entretenida y que sabe contar historias. Dice, cuando llega a verla, que viene a tomar un ‘lonchecito’, porque entiende que su abuela toma el café de las 5:00, sin falta. Dice tanto de ella que no acabaría, y que las lágrimas no me dejarían seguir escribiendo.
Es increíble cómo se comunican y cómo se entienden. Por eso decía al inicio, no sé cuánto se acuerde uno del otro, pero sé, cuánto voy a recordar yo algunas escenas:
Una en la que Giacomo se escondía para asustarla, otra en la que le quitaba el control remoto de su televisor y acaparaba su sillón, una en la que se sacaba las medias para meterse a su cama y revolverla, otra en la que preparaba con ella un pie y le robaba la masa. Una en la que cuenta que sus camisetas son pensadas por su abuela Piti y que sus calzoncillos, los mejores, son los que le regala su abuela. Sabe que cuando le trae algo-deben ser gomitas- porque ella sabe lo que le gusta.
En fin, este era un recuento, un dejar testimonio que a pesar de los años y de las distancias entre ellos, mi madre y mi hijo, me hacen constatar a diario, lo buena que es la vida con nosotros, cómo nos cuidan desde el cielo y cuán felices debemos ser.

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