Una amiga, mis amigas

 “…don’t  let me down”

En la época escolar no tenía muchas amigas o mejor dicho, pasé de ser parte del grupo más bullanguero a ser amiga de las chicas tranquilas o estudiosas. En realidad, de ese último grupo recuerdo que nos juntaba el hacer, queríamos ‘hacer’, que un festival o un concierto, que algo así como un recital, escribir, pintar, actuar…de todo. Formábamos lo que se llamaba el Consejo estudiantil. Nadie nos paraba en el colegio, nuestras monjitas, recontra democráticas, nos dejaban organizar, dirigir y sufrir en los intentos. Nada como esos recuerdos para entender el proceso de la escuela: lo que uno aprende.

Si vuelvo al tema de las amistades, me quedé con una sola amiga. Ella me enseñó a entender al Cid, a recuperar el olor de los libros que había abandonado por descuidada o indisciplinada. Ella era extranjera y cargaba el dolor de su país. Un dolor que yo entendí, investigué y que lo hice mío. Un país que adoro y que reconozco hasta cuando alguien viaja por él. Los tiempos y los temas me distanciaron del resto, tanto que ya no me he vuelto a ‘encontrar’ con nadie.

Es decir, cuando pasa que una u otra compañera me reconoce y pasa la voz, siento que los millares de siglos que han pasado se remueven, y nos cuesta conversarnos, entendernos o siquiera sentirnos. Con ella no pasa eso. El tiempo, el incorruptible tiempo, nos ha hecho vivir las mil vidas y todavía cuando escuchamos la voz de una o de otra por el teléfono o cuando nos enviamos un mensaje, nos hablamos de la misma forma, usamos el mismo código, nos llamamos igual.

Nos ha pasado que cuando mis hijos han ido a verla (porque la quieren mucho), aprendieron recetas o platos que yo hago en mi casa, me traen sus últimas miradas, sus secretos de amor. Nos ha pasado que en minutos nos ponemos al tanto. Nos ha pasado, o me pasó alguna vez, que dejé una falda que me gustaba por enviársela (porque no tenía plata para comprarle nada). Una amiga de esas que, cuando visitó por primera vez a nuestro pequeño, le trajo un librito sobre el ‘arte’ ninja que lo lee un día sí y otro no.

He descubierto que su hijo (el único) estudia lo mismo que la mía. O algo parecido. He descubierto, que quizás esta niña se vaya para allá, una vez que decida qué será de ella y de su arte. He descubierto que mi corazón no envejece al recordarlo todo: las caminatas, las canciones, los escritos, las cartas, los dibujos, los cojines de gatos, los saltados orientales. He descubierto que cada año que se acerca su cumpleaños yo trato de recobrar un poquito de cada una, de lo que éramos.

Es verdad que he hecho otras amistades. Unas mujeres hermosas me han acompañado siempre. Mis compiches de la universidad (que también fugaron en masa) están en este activo corazón. Ellas también la conocieron, las dos veces que vino cuando estudiaba en la PUC. Ellas son mis hermanitas, de las que me entero por este invento de las redes sociales. Están mis amigas del trabajo, con las que he disfrutado la labor y el compromiso. Entre ellas hay también siempre una que despierta todo mi cariño. Una que comparte la maternidad conmigo y con la que nos contamos las aventuras de los hijos y los secretos de los maridos engreídos. Con ella, el compartir, el sentarnos y mirarnos es suficiente.

Todo esto para decir que me gusta tener amigas, para entender y calmar cuando una adolescente me dice que no encuentra una, cuando un muchachote me dice que no tiene un amigo o un grupo, que no le cae bien a nadie. Lo de tener amigos es una historia sin fin. Aparecen estas personas para asociarse con uno, para crear un vínculo por siglos, para leernos el corazón. Aparecen y se quedan por siempre. El tiempo es quien lo prueba, el tiempo y su sabiduría incalculable.

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