Últimos días

Las últimas horas en estas calles han sido resbaladizas y todavía algo friolentas. “Esta ha sido la mejor semana del invierno”- me han dicho con energía. Es muy probable. Las caminatas no me han congelado tanto las mejillas (se siguen poniendo rojitas inevitablemente) y sigo sin poder sacarme los guantes al caminar. Lo cierto es que la temperatura ayudó a tener un poco más de aventuras como ir a patinar o subirse a un bus. La última vez que patiné debo haberlo hecho con mi hija, cuando ella usaba unos patines en fila. Fue bueno recordar esos días, y más las veces que cogía mis patines y me iba hasta el Ebony a comprar chocolates o alguna golosina que no tuviera el chinito de la vuelta. Una vez, a mediados de los 80 lo hice con mi súper compañera de mataperradas. Carola y yo nos pusimos los patines después de que mi hermana mayor nos diera unos soles para comprar en el Ebony los últimos dulces importados que comeríamos en un buen tiempo. En esa época las calles de San Borja ya empezaban a tener los inmensos parques verdes pero no había muchas casas en los alrededores.

Los patines, como la bicicleta han sido para mí las primeras herramientas para sentirme libre. En la nieve pude recordar un poquito esa sensación y las ganas de hacerlo más rápido y correr más me emocionaron muchísimo. Fue un espacio para ver a todos los que vienen hasta este lado del mundo, de diferentes lugares, de diferentes lenguas y colores. Todos uniformados de tanto abrigo y de las ganas de poder moverse en ese hielo plomizo y sucio de tanto patín. me moría por cada niño que se deslizaba en una bandeja para trineo…pensaba lo divertido que sería que me jalaran en esa misma posición. Pensaba también en mi familia y en el calor de  mi casa. Al acabar de patinar, tuve la sensación extraña de no sentir mi rostro, de tenerlo un poco congelado o rígido. Me dio un poco de miedo, la boca algo torcida o no sé qué. Apenas me abrigué, todo pasó. Debemos haber seres de otras temperaturas. Más hechos a la humedad de los gestos. Ya les había dicho algo así: nosotros somos de tocar (es cierto). Salvo el amoroso abrazo de la señora Esther, que nos regaló una taza a cada una, la calidez no es muy física, es de gestos, de palabras. Por ejemplo, engreírnos en un maravilloso SPA nórdico por varias horas, hasta volver a sentir la humedad que extrañábamos en la piel.

Y claro, una que está acostumbrada a lo físico a los apapachos, a los hijos prendidos del cuello, a las siestas conjuntas en  el sillón, a la caricia, siento al cuerpo todito descompuesto y angustiado. No se me pasa esa sensación. Eso de saludarse sin acercarse mucho, eso de decirse siempre, estrecharse las manos, son los gestos de la calidez nórdica, gestos. Como ayer una profesora me decía que prepare con ganas mi maleta, para sentir que ya llego y veo a mi familia, que me contaba de sus planes con el enamorado, que vendría por una año a probar suerte por acá y que luego ella se iría por allá (Australia), que estaba muy emocionada con eso…y yo pensaba, me habría movido, o me habría puesto a saltar al hablar de mi ‘novio’. Y es que somos también bien dramáticos en el sur, y nos gusta el movimiento y bailar y eso debe desesperar un poco a este lado flemático del mundo. La verdad es que nos hemos adaptado. He aprendido de la mesura y de la distancia. También de la reserva para ciertos temas y de la serenidad para otros. He aprendido a mirar con otros ojos a los ancianos o a los enfermos. Hubo una señora el viernes que alegró la noche, se reía a carcajadas, te cogía la mano fuerte para decirte algo gracioso. Una bella.

Entonces, el regreso traerá en mi vida una placidez que no puedo imaginar aún. Tengo la idea de que me costará despegarme de mi niño, o que me quedaré dormida en tus brazos al llegar. Días de no haber dormido por completo, de no haber soñado por completo o de haber tenido que limpiar la cara de tanta lágrima esparcida. Días y noches. Igual, esto de haber arrastrado la nostalgia nos ha ayudado a sobrevivir entre tanto frío. Ese era el calor  que nos hacía avanzar, las historias de los hijos, de la familia, de los amigos. Eso nos ha abrigado entre tanto invierno. Es cierto, también llevo de aprendizaje que ‘son unos locos por acá, y que saben divertirse’. También, eso llevo y unos pedacitos de mi amor esparcido por todas partes en la maleta…pedacitos.

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