para entrenar a mi corazón

 

Cuando era una chiquilla, soñé con tener varios hijos. En realidad, mis juegos de niña, esos de cargar con mis muñecas para un lado y para otro, de hacerles cuadernitos con papeles doblados y con ejercicios de matemáticas en cada uno, me hacía soñar con varios hijitos a los que querer. Después me di cuenta que fuimos muchos en casa y que nos disputábamos el amor materno, como hacen las crías de los animales que más nos pueden gustar. Recuerdo la firmeza de las palabras de mi madre. De hecho, tuvimos miedo más de una vez, porque verla molesta era tremebundo (cual Mafalda dixit).

De todas formas, estos días me recordaron mi fascinación por los niños. Mi temor ante el primer embarazo. No podía equivocarme, tenía que hacer las cosas bien. ¿Cómo hace una madre a los diecinueve años con sus miedos? ¿Se los guarda, los esconde, los tira al tacho cuando se angustia demasiado? Yo viví lejos de mi madre ese tiempo… no es que me haya ido de Lima, absurdamente, mantuve una distancia de pura soberbia, con la idea de ’yo lo puedo hacer sola’. Sirvió, creo, para valorar, todo lo que ella me había enseñado de chica. Qué era una panela o cómo preparar un estofado, qué hacer con los secadores percudidos. Recuerdo, de chica, cuando ella estaba haciendo algo en la cocina, entraba a robarle verduras. Me las llevaba al jardín y preparaba en mi cocinita de fierro un plato parecido para mis muñecas sentaditas en fila. Me gustaba robarme un poco de vainitas o zanahoria, con la intención de cortarlas y que queden bien puestas en los platos de plástico.

Recuerdo con ilusión esos juegos y también que algunas veces me trepaba a los árboles y otras, que me reventaba las rodillas. Mi madre nunca prohibió mis carreras o mis intrépidos saltos en bicicleta. La vez que fracturé mi codo en el colegio, fue ella la que me dio el encuentro en la Clínica. Fue ella quién me acompañó los días de verano a la rehabilitación. Ella, quien, llevaba un libro siempre o la revista Selecciones en la cartera. Fue ella la que se emocionaba cuando alguien comentaba que nuestro parecido era inaudito, que ‘habíamos sido dibujadas con el mismo pincel’ como nos dijo una vez un viejito.

Hoy también he pensado: Hay que morir para que los hijos hagan lo que siempre han querido… estos días he pensado con pasión en esto. He visto cómo busqué después de que mi papá falleció salir de su casa y mudarnos a un sitio ‘nuestro’. No tuve valor antes. Había algo que me sostenía y me tenía atada a la higuera de mi madre. Y es que había estado tan cómoda por un buen tiempo, había vuelto a su regazo, había estado por varios años (casi diez seguidos) a la hora del café con ella y con él, y luego cuando mi hermana regresó, y luego, cuando mis hijos se hicieron grandes, era el momento, las habitaciones quedaron chicas o los espacios se repletaron. O había eso de tener el sitio que signifique para ellos lo que la casa de mis padres significó.

Y digo, hay que morir, porque se reparten las herencias, se reparten los ahorros (si existieron) y por ahí también se reparten los afectos. Mis hijos mayores perdieron a su padre hace no mucho y hace menos, han empezado a emprender nuevos sueños, planes, alianzas con el futuro, que para mí solo significan cambios por los que debo entrenar a mi corazón. Y luego pienso, mi madre ha viajado tanto, y cada viaje es para ella una aventura, y cada historia se ha quedado grabada en su piel, y pienso debo ser como ella…cada gota que salte de mis ojos, grabarla en mi piel. Todo porque ellos logren lo que anhelan y sino, estar ahí para acariciar el rostro y sonrojar las mejillas. Entonces sus viajes siempre tendrán sentido, partir, siempre será un buen signo, hacer, también será una buena señal. Todo para entrenarme bien, para que mi corazón se aliste y sepa, que, a mi muerte, ellos todavía emprenderán nuevos rumbos… ellos, los tres ahora, los tres en sus edades diferentes y con sus características disímiles… los tres porque eso quise, mis tres hijos.

 

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2 respuestas a para entrenar a mi corazón

  1. Pilar Quintana dijo:

    Bello. He podido sentir y ver lo que una niña vivía a través de sus juegos; lo que una joven sentía en una situación muy demandante, lo que una hermana, una hija, una madre, todas a la vez vivían en instantes tan determinantes, difíciles, tiernos, calmos e intensos fundidas en un alma. Gracias por compartir, por permitirnos lograr empatizar, reconocer nuestras emociones y sentimientos en los de otros, en especial, el amor entre hijos, padres, hermanos, abuelos; familia, desde los ojos y el corazón (mente en realidad) de una mujer como tú. Gracias

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