del amor y otros demonios

(dejé de escribir mucho tiempo)

Algo me pasa. Algo que no tiene que ver con las cuentas, ni con los gastos, ni con los pendientes. Algo que se me ha estacionado en el cuerpo y no se quiere ir, que me ocupa y me agota. De pronto el llanto, como si la niña que llora acurrucada en su almohada volviera a aparecerse y me dijera que mi tigre está ahí (Yo tenía un tigre). Mi tigre era hermoso, tenía franjas anaranjadas y negras. Era pequeño, lo ponía debajo de mi brazo y dormíamos. Sin embargo, estos días, que tengo la vida encima, no sé qué me pasa. Será la edad, que a veces ni me ha importado y ahora comienza a retumbar, los rastros en mi piel, las arrugas y las líneas del cuello. Serán los hijos que quisiera tener como pollitos debajo de mis faldas y se me escapan todo el tiempo. Será que me cuestiono qué estoy haciendo bien ¿mi trabajo? ¿alguna receta? ¿escoger los muebles que quisiera en la sala-comedor? Será mi trabajo que últimamente me ha robado la vida y los sueños.

Y es algo que me tuerce, que me enferma, me tumba en la cama y solo quiero quedarme con alguna novela y no pensar. Salir a caminar con mi madre y pasearnos del brazo por el mercado cercano, comprar alguna cosita para coser o arreglar, alguna fruta que nos haga brillar los ojos. Mi madre, mi madre está mayor (decimos eso por no decir ‘vieja’ y está viejita). Se pasea por las calles, pregunta, se ríe, camina, se desorienta a veces porque no recuerda bien por dónde andamos, le recuerdas la ruta y entonces asegura saber, decir, hacer…será eso que me cuece el estómago. No sabré que seré sin ella.

Y si pienso en mis hijos, ¿ellos sí sabrán? ¿qué pasará si me pierdo y desaparezco? ¿qué harán de sus vidas? ¿cómo curarse sin decirme? ¿qué será de las cuentas, los seguros y el departamento que construimos para ellos? Y qué va a ser de mi pequeño, y cómo dormirá sin despertar a mi lado, cómo dormiré yo en paz, cómo sin sus risas y sus voces, cómo sin soñar irnos juntos a algún sitio donde el mar me sane y me vierta. Será que en estos últimos meses no he sabido qué ruta tomar, cómo dirigir la mirada, dónde descansar. Será que como estuvo tanto miedo rondándome, me adormecí.

Mis hijos. Pasaron dos semanas en las que recuperé el olor de tu pelo, en que hicimos casi todo juntas y supe que podía contar contigo y tú, conmigo. Hoy que todos saludan y esparcen hermosos mensajes sobre la amistad y el amor, me río de pensar cuánto he amado, cuánta vida, cuánto camino. Hoy que he vuelto a tomar el teclado, que me ha dado valor tu voz de mañanita o el pleito con el pequeño más temprano aún, hoy que la piña me pareció más dulce que nunca y que mi amor me abrazó contra su pecho y sacó a nuestra cachorra muy de mañana. Hoy que casi hierve le sol y uno no puede andar por debajo de él. Hoy que he vuelto a escribir sobre lo que me pasa, algo como una espina atracada y que solo las caricias y el amor han podido sacar y aliviar. Hoy que me has vuelto a prometer que ya no te portarás así (mi chiquillo), que me has contado cuántas cuestas has tenido que caminar o que imagino tu rostro reflejado en la lluvia de esa ciudad.

Solo hoy tomaré una siesta y volveré a despertar con la mirada de cada uno, con ustedes cuatro en cada esquina de mi corazón, con la certeza de querer despertar todavía, de hacerle la lucha a esto, que no hay forma de evitarlo.

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