de literatura

La coartada perfecta.

En cierto sentido uno de los dos debía tomar un camino diferente. Desde que él fue huérfano un tío lo cobijó como si fuera su propio hijo. Aprendió desde muy chico a encender la cocina, a preparar algún plato con alimentos semi congelados, conoció la música de entonces y salió a acampar más de una vez con la cuadrilla de amigotes que ese viejo tenía. Vio cómo vivían los mayores y se fue haciendo uno. Por otro lado, ella vivió en una casa con demasiada gente. Fue la típica niña o adolescente que pasaba desapercibida. Se refugió en libros que alguna vez una monja le había regalado. Comenzó a hacer poemas sobre algunos amores platónicos. Con ese pasado estudió economía. La universidad le permitió conocer al otro género. Sintió placer por primera vez después de los treinta.

Una pareja con esas características nunca se hubiera conocido. Sin embargo no hay un testigo que nos ayude a olvidar el primer encuentro. Bailaron esa vez en el matrimonio de unos amigos de ella. Él había sido invitado porque trabajaba con el novio. No eran grandes amigos. Ella y la novia eran ciertamente ‘compinches’. El primer baile no fue muy emocionante. Ella pensó que era un poco torpe. Él, que ella ni siquiera lo miraba. Fue en el segundo baile que tuvieron que acercarse un poco más. Ella sintió que su cuerpo se amoldaba a sus brazos. No recordaba cuándo había sentido esa sensación por primera vez. Esa vez sí se miraron y comenzó una conversación que terminaría tarde. Una semana después se encontraron en una heladería. Ella tenía una cita con unas amigas. Bajó de su auto a comer un helado y se la quedó mirando intensamente. Fue la única o forma en la que provocó que se volteara.

No quería quedarme a esperarlas. Estaba con una parte del periódico en la mesa y tú estabas en el otro extremo de la tienda. ¿Cuánto hablamos hace siete días? No me pediste el teléfono… me hubiera adelantado y te lo hubiera pedido. Siempre tan corta o tímida o parca…no sé. ¿Me dices ‘hola’? De repente no se acuerda de mi nombre. Te lo digo fuerte. Te ríes. ¿Crees que no me acordaba de tu nombre? Creo, sí. Creo que estás pensando en otra persona y que yo no existo. Te sientas. Trato de hablar y mis palabras se tropiezan. Sigo pensando que no existo. No sé qué tengo. Me pides mi teléfono. No sé por qué no te lo pedí hace una semana. Pensé que fue una torpeza. Hubiera tenido que esperar a que Emilio y su esposa regresaran. Sara. ¿Qué?. Se llama Sara. Ah, ¿su esposa? Ah. No, no me acordaba. Fuimos amigas desde los quince años. Te llamo una noche de éstas. Creo que no terminamos de conversar. Llegó una de las chicas. Se sentó. No quería ni presentarlo pero lo hice. Ella me guiñó el ojo. Códigos que no resisto. Chau. El beso en la mejilla me supo a sal.

Por la noche toda su vida era distinta. Frecuentaba un apartamento en medio del Olivar. Ella se había acostumbrado a cambiar de muebles o a colgar una que otra pintura de vez en cuando. Total, nadie vivía allí. En el edificio pensaban que eran psicoterapeutas o que era un despacho de un tema parecido. Ella llegaba primero. Adiestraba su mente para el encuentro. Debía verse sensual una vez más. Albergaba un odio cada vez más dañino. Se disponía a preparar algo de comer. Él llegaba apurado. Hoy podría quedarse toda la noche o hasta el día siguiente. Había dicho que tenía un viaje de improviso al norte. Fue a la cocina, donde estaba ella. Le había hablado desde el fondo. Se había sacado los zapatos. Caminaba sobre las alfombras hasta que sintió el frío de las lajas. Se detuvo detrás de ella. Besó su cuello. Recogió el pelo y comenzó a morder despacito. Parecía reconocer de nuevo el territorio. Fijar sus mordidas. Gravarlas. No quiero espárragos esta noche. Quiero una botella de vino. Te traje una sorpresa. ‘Santa Ema’ leyó en la etiqueta. No comer, no. Preparaba un poco de champignones salteados y había cortado un poco de queso. No te caerá mal, lo prometo. He buscado un pedazo pequeño de Brie. Combina perfecto. Si tienes algo más de hambre pedimos una pizza. Estaba más sonriente que de costumbre. Suelta, desinhibida. Tenía una falda fresa que cubría sus piernas. El corpiño con los tirantes que se caían sobre los hombros. La vio hermosa, más que otras noches. Quédate conmigo. Ella sintió cómo susurraba al oído. Esta noche sí.

Por la mañana todo lo veo diferente. Conecté la cafetera, a la vez que corría al baño. Era muy temprano. El horario de la oficina es muy exigente, a veces me agota. Tomo el café de pie (me tomaría otro). Tuve tiempo de observar su sueño. Había dejado que me manoseara, que se excitara lo suficiente. Astutamente conocía todas sus prácticas y sabía por dónde llevarlo en la cama. Un día más, pensé. Prendí mi celular. No me había llamado. De hecho me inquietaba. Quería oír su voz por teléfono. Llegué a la oficina. Me acerqué a la cafetera. Me supo más rico. Le sonreí a mi vecina de cubículo. ¿Qué tal? ¿Fuiste a ver Berlin? No. Al final, terminé esperando a ver quién podía y nadie se apuntó. ¿Tú? ¿te llamó? No… nada. Creo que ya fue. Me quedé callada. Hola. No. Me quedé en el depa de Sara. Ya sabes, no quiere que lo abandone todavía. Sí, ahora voy. Un poco tarde. Escuchaba un eco al fondo. Me puse a trabajar. Tenía muchos pedidos por correo. Tenía que derivarlos a depósitos, responder si existía la mercadería. Seguí mirando hacia el celular. ¿Llamará en algún momento? Me traté de concentrar.  Conseguí una media hora de paz cuando sonó el celular. Contesté. Era su voz. ¿Despierta? Hace horas. No sé por qué creí que entrabas más tarde al trabajo. ¿A qué hora almuerzas? ¿Quieres que te busque? Sí, está bien. A la una es una buena hora. Estoy cerca de la entrada, así que puedes timbrar.

Los que sabían de la fiesta se sintieron contentos al verla salir con alguien. Se la veía más delgada cuando caminaba por el pasadizo. Creían que era un buen momento para comenzar una relación. Hacía mucho no le conocían galán, enamorado u algo parecido. Quería guardar todos sus gestos en la memoria. La forma en que se acercaba al saludar, la sonrisa, las manos, cómo recogía su pelo con el gancho. Se sintió torpe cuando encendió el auto ¿Qué auto tendría ella? Nunca lo habían conversado. A él le costó mucho comprar ese Peugeot. Varios años. Disfrutaba del aire acondicionado, de programar los discos en una secuencia. Le había puesto música de Gaetano Veloso. Se sentía bien en su compañía. ¿Dónde iremos a almorzar? Depende del tiempo que tengas, ¿una hora, hora y media? Una hora. Otra vez era su voz. Pensó que había escuchado o esperado su voz y le pareció una locura. ¿Por qué su voz? Cuando la había llamado la piel se le había puesto de gallina.

Le digo que me gusta y se acaba todo. Cómo me aguanto. ¿Qué de qué es la salsa? No, no lo sé. Sigue tus instintos… si dice ‘al ajillo’ y te gusta el ajo, no hay problema. Yo voy a pedir un filete de atún. Aquí lo sirven espectacular. Me sentía bien. El lugar era algo oscuro para mi gusto. Pedí un martini, él un wiscky. Sentí que seguía todos mis movimientos. Me acomodé. Miré por la ventana. Me solté el pelo. El aire acondicionado me pareció delicioso. Qué bonita blusa. Gracias. ¿Siempre eres así?¿Cómo? así, tan serio o galante, no sé. ¿Tienes novia o te peleaste con ella? No sabe cómo responderme. Un trago le serviría, miré mi espléndida copa. Salud… sí, sí salud.¡Qué rico! (pensé: se me escapó). Estuve saliendo con una chica hace unos meses atrás. Ella se cansó de mí. Y no, no siempre soy así. A veces soy peor. Y, ¿tú? ¿Estabas sola en el matrimonio? ¿Qué pasó? ¿Te dejaron? No. Hice un gesto silencioso. Lo miré, tomé nuevamente un sorbo del martini. Recogí mi pelo. Me sentí cálida, dulce. Comí la ‘Chita al ajillo con aros de calamar’, Él un ‘Filete de atún sellado con hinojos y papa dorada’. Hablamos poco. Quizás sea bueno salir más tarde…el mediodía no me sienta bien. Hoy no puedo. Tengo unas reuniones por la tarde…¿Qué haces? Vendo unas cremas de Herbalife…junté a unas tías esta vez…y, bueno, se demoran. Te llamo, entonces. Me llamas (lo dije nerviosa). No sabía cómo evitar que él me atrajera.

Por la noche estuve inquieta (otra vez). Él llegó más entusiasmado que la noche anterior y me encontró haciendo estiramientos de yoga. Se acercó a la alfombra. No lo besé. Salí de viaje o perdón, aún no he regresado. Ya no me podía concentrar. En el fondo, escuchaba una canción irreconocible de Veloso. La había escuchado hace poco regresando al trabajo. Tenía grabada su voz cuando me decía que a veces era peor. Peor que quién… Me baño y vemos la película. ¿Cuál? No sé, pensé que habíamos hablado de ver una película. No. Hoy no hemos hablado, ‘amor’. Sentí asco. Fue en el almuerzo… Caminé hacia la ducha. Vi de reojo que se había puesto las pantuflas y se echaba en el sillón. ¿Por qué simplemente no lo dejaba? El agua corría fría sobre su espalda. No quise usar el agua caliente. Tenía calor. Todo parecía arder por dentro. ¿Me baño contigo? ¿Quieres? Ya acabé. Salí de la ducha. Tenía los ojos llorosos. ¿Me había olvidado de llorar? Sentí su abrazo por la espalda. Empezó a acariciar mi cuello. No soportaba sentir esos masajes. Le serví el vaso de jugo de naranja. Éste es, pensé. Parecía recién exprimido. Lo tomó de golpe. Fue a sentarse de nuevo. Pude decirle que quería ir a cenar. Él me miró y sonrió apenas. ¿Podemos esperar a Buenos Aires? Aquí tengo los pasajes… ¿Me sirves un vaso más?. Me reí.

No necesitó quedarse. Guardó los pasajes en su bolso. Dejó todo limpio. Escondió (en el mismo bolso) las cajas de barbitúricos que había disuelto. Nadie la había visto entrar ni salir del edificio. Ni siquiera había traído su auto. Caminó hacia su casa. Sólo estaba Máxima viendo televisión. Pensó. Mamá no regresaba de Ancón sino hasta mediados de marzo. ¿Por qué no comes algo? Hice un escabeche muy rico. Vino Ernesto a almorzar conmigo. No Maxi, gracias. Mañana si quieres me tomo una jarra de jugo. Abrazó a Maxi. Recordó sus cuentos cuando la peinaba, recordó su olor, pan calientito (recién horneado), hierba fresca. Lo hizo. El cuerpo se veía laxo sobre el sillón. Llegó a estirar el brazo. ‘Quédate’ llegó a decirle. No, hoy no.

 Al salir recordé su voz otra vez, ‘te llamo’. Quería que lo hiciera. Una vez en el cuarto escuché el teléfono. Hola ¿Puedo ir a verte? No te pregunté dónde vivías y como todavía es una hora decente me gustaría ir… o… No…Ven no más. ¿Estás con las tías? No. Puedes venir.La Paz…Miraflores… 970…¿Sí?. Estoy cerca, no te duermas. A esa hora mirarnos fue distinto. El buzo que tenía puesto me gustó muchísimo. ¿Vamos? ¿A dónde? Puedo sorprenderte. Se estacionó al final de Saenz Peña en Barranco. La brisa marina inundó las ventanas. Sacó un pequeño ‘cooler’ del asiento trasero. Vi vodka, hielo, jugo de naranja o tónica. No necesitó servirme nada en ese instante. Me acerqué lo suficiente y le di un beso. Dejó el ‘cooler’ a un costado.  Se dejó besar un buen rato. Perdóname me interrumpí. No, no tengo que hacerlo. Quería besarte. Me gustó, además. Creo que quería sentir tus labios o tocarlos. ¿Un vodka tonic? Bueno, yo también. Él no solo era la coartada perfecta. Cómo decirle que había terminado con todo. Tenía los pasajes en la mira. Podría invitarlo. Él no se negaría. Yo lo sé.

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