London

La noche que  pasé

No había forma de desperezar el cuerpo

Haber quedado  agujereada por el estrés

Atender a que la angustia se fuera sola

Escuchar que me digas: tranquila madre

Tranquila

Tu voz en la inmensidad de la noche

Todo lo transporta           Todo lo mueve

Y en el movimiento el péndulo atroz del tiempo

Nada pasará nuevamente        No será la primera vez

¿Te pasearás por las calles de las canciones?

¿Existirán esos lugares, hijo?

Seguro      Pausado      Como siempre

Nada lo aterra

Ni mi sospechada muerte

Cómo fuera yo esa paz        Ese sueño

Tranquilo

Un viaje más        Un mar infinito de distancia

Tranquilo

 

 

 

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Un nuevo año escolar

He pensado varios días sobre esto. Los niños, los chicos y las chicas empezaron el nuevo año escolar. Muy acalorados, con los rostros rojitos, con el sudor eterno que rodea las cabezas. ¿Por qué a mí esta sensación de tensión en el estómago no se me desaparece? Pasa lo mismo todos los años. Mirar las caras ‘nuevas’ o entrar a dictar la ‘primera’ clase suele acogotarme los nervios y entrar en tensión.
Mi pequeño comienza la primaria mientras su hermana busca trabajo. Hay mucho por hacer todavía. El caño de la cocina hay que cambiarlo, hay que comprar lo necesario para la casa, hacer el mercado los lunes y luego pensar en la lonchera cada día. Hay que ver qué le queda del viejo uniforme y comprar algo para el nuevo año…ya la mochila y la lonchera grande fueron compradas. Todo es organización.
De todas maneras esto se iba a tratar de un nuevo año, de mis angustias, de hacia dónde me estoy dirigiendo, de lo que ha cambiado mi cuerpo y cómo eso me abruma. Ahora me siento barrigona y no tengo la fuerza necesaria para hacer el ejercicio que necesito. Ahora que comienza un nuevo año, que regreso al colegio con lo visto en otras latitudes, que estamos listos digo, que hacemos todo porque estén listos, me siento a respirar. Parece que hubiera empezado con una viada muy intensa desde enero y que no me hubiera sentado a mirar. Ahora miro. Miro los ojos de mi pequeño cuando me pregunta a qué hora vuelvo, miro los ojos de mi hijo mayor cuando me cuenta de lo último que cocinó y de que el último ‘abstract’ irá dirigido a Londres, miro tiernamente los ojos de mi chica cuando cuenta del último detalle del día de grabación.
Pienso que los años han pasado por alguna razón. Estos años de tanto ajetreo, de ver crecer al pequeño, de ver terminar los primeros estudios de la segunda. Siento que ella vivirá estudiando o seguirá perfeccionando un arte demasiado sensible a los ojos como la fotografía. He soñado qué hacer para ayudarla un poco más, he pensado qué más puede hacer ella, he circulado su CV , aunque por esta época, y ´por lo que vivimos como país, aún no ha tenido mucho éxito.
Son meses fofos estos del comienzo de año, un año de elecciones presidenciales, en un país como el nuestro. Un año de incertidumbre con tanto por pensar y decidir. Son meses fofos y bobos. Solo el sol permanece inamovible, porque además nos ha tocado una temporada de un calor agobiante y signos de El Niño hasta, por lo menos, junio.
Entonces, el nuevo año apareció entre mis dedos preguntándome cuánto más hay que hacer para poder respirar más tranquila. Cuánto ayudar al pequeño, cuánto de esta toma de conciencia, de este conectarlo con sus sensaciones, cuánto de hacer que se mueva y cante, que se sienta exitoso, eso justo es lo que pensaba., que se sienta exitoso. Ese es el quid del año, es la cuota que todos necesitan: sentir que los pequeños triunfos los alcanzaron. Levantarse por la mañana y coger el cubierto correctamente. Desayunar sin protestas y vestirse rápido porque llegamos tarde y no hay nada como no querer llegar tarde porque me perderé a mis amigos. El año ha comenzado, el primer mes de clases nos ha dejado ya. Estamos atravesando el segundo mes y el calor aún nos sobrepasa.
Y el país se desmorona, pasa por uno de sus peores momentos o de los peores momentos que yo recuerde. Tanta impunidad, tanto desmemoriado asusta. Hago todo porque los que estén cerca aprendan, crezcan y lean. No es un país fácil, su gente tampoco lo es. Igual es un país que merece mejores gobernantes, mejores autoridades y que merece, entenderse, conectarse, conocerse. Difícil, ahí vamos (como decía Cerati).

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Últimos días

Las últimas horas en estas calles han sido resbaladizas y todavía algo friolentas. “Esta ha sido la mejor semana del invierno”- me han dicho con energía. Es muy probable. Las caminatas no me han congelado tanto las mejillas (se siguen poniendo rojitas inevitablemente) y sigo sin poder sacarme los guantes al caminar. Lo cierto es que la temperatura ayudó a tener un poco más de aventuras como ir a patinar o subirse a un bus. La última vez que patiné debo haberlo hecho con mi hija, cuando ella usaba unos patines en fila. Fue bueno recordar esos días, y más las veces que cogía mis patines y me iba hasta el Ebony a comprar chocolates o alguna golosina que no tuviera el chinito de la vuelta. Una vez, a mediados de los 80 lo hice con mi súper compañera de mataperradas. Carola y yo nos pusimos los patines después de que mi hermana mayor nos diera unos soles para comprar en el Ebony los últimos dulces importados que comeríamos en un buen tiempo. En esa época las calles de San Borja ya empezaban a tener los inmensos parques verdes pero no había muchas casas en los alrededores.

Los patines, como la bicicleta han sido para mí las primeras herramientas para sentirme libre. En la nieve pude recordar un poquito esa sensación y las ganas de hacerlo más rápido y correr más me emocionaron muchísimo. Fue un espacio para ver a todos los que vienen hasta este lado del mundo, de diferentes lugares, de diferentes lenguas y colores. Todos uniformados de tanto abrigo y de las ganas de poder moverse en ese hielo plomizo y sucio de tanto patín. me moría por cada niño que se deslizaba en una bandeja para trineo…pensaba lo divertido que sería que me jalaran en esa misma posición. Pensaba también en mi familia y en el calor de  mi casa. Al acabar de patinar, tuve la sensación extraña de no sentir mi rostro, de tenerlo un poco congelado o rígido. Me dio un poco de miedo, la boca algo torcida o no sé qué. Apenas me abrigué, todo pasó. Debemos haber seres de otras temperaturas. Más hechos a la humedad de los gestos. Ya les había dicho algo así: nosotros somos de tocar (es cierto). Salvo el amoroso abrazo de la señora Esther, que nos regaló una taza a cada una, la calidez no es muy física, es de gestos, de palabras. Por ejemplo, engreírnos en un maravilloso SPA nórdico por varias horas, hasta volver a sentir la humedad que extrañábamos en la piel.

Y claro, una que está acostumbrada a lo físico a los apapachos, a los hijos prendidos del cuello, a las siestas conjuntas en  el sillón, a la caricia, siento al cuerpo todito descompuesto y angustiado. No se me pasa esa sensación. Eso de saludarse sin acercarse mucho, eso de decirse siempre, estrecharse las manos, son los gestos de la calidez nórdica, gestos. Como ayer una profesora me decía que prepare con ganas mi maleta, para sentir que ya llego y veo a mi familia, que me contaba de sus planes con el enamorado, que vendría por una año a probar suerte por acá y que luego ella se iría por allá (Australia), que estaba muy emocionada con eso…y yo pensaba, me habría movido, o me habría puesto a saltar al hablar de mi ‘novio’. Y es que somos también bien dramáticos en el sur, y nos gusta el movimiento y bailar y eso debe desesperar un poco a este lado flemático del mundo. La verdad es que nos hemos adaptado. He aprendido de la mesura y de la distancia. También de la reserva para ciertos temas y de la serenidad para otros. He aprendido a mirar con otros ojos a los ancianos o a los enfermos. Hubo una señora el viernes que alegró la noche, se reía a carcajadas, te cogía la mano fuerte para decirte algo gracioso. Una bella.

Entonces, el regreso traerá en mi vida una placidez que no puedo imaginar aún. Tengo la idea de que me costará despegarme de mi niño, o que me quedaré dormida en tus brazos al llegar. Días de no haber dormido por completo, de no haber soñado por completo o de haber tenido que limpiar la cara de tanta lágrima esparcida. Días y noches. Igual, esto de haber arrastrado la nostalgia nos ha ayudado a sobrevivir entre tanto frío. Ese era el calor  que nos hacía avanzar, las historias de los hijos, de la familia, de los amigos. Eso nos ha abrigado entre tanto invierno. Es cierto, también llevo de aprendizaje que ‘son unos locos por acá, y que saben divertirse’. También, eso llevo y unos pedacitos de mi amor esparcido por todas partes en la maleta…pedacitos.

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segunda semana

Alguien me dijo que ya no iba a sufrir de nostalgia jamás. Imposible. Hoy tuvimos -14 y en realidad, debíamos estar súper felices, pero el viento no nos permitió todavía sentirnos del todo alegres con esa temperatura. He descubierto que estoy pensando cada vez más rápido en ambos idiomas, he descubierto también que tengo una fascinación por las personas mayores, disfruto sus historias y veo con mucha comodidad cómo en este lugar la vida de la gente adulta es cómoda y apacible. También es triste. No es que la vejez no venga con su cuota de tristeza. Una mujer vendió su enorme casa-tierra-granja para mudarse a la ciudad y vivir en un ‘condominio’ en el que viven solo personas mayores de 50. En ese mismo condominio vive su hermano menor (ella en el cuarto piso, él en el segundo). Uno de los únicos dos hermanos que tiene vivos. Ella tomó esa decisión porque tiene a su querido esposo internado en un ‘albergue’, atendido por gentiles enfermeras y algunas monjas, ya que sufre de alzheimer. Este hospital o residencia queda a una cuadra del condominio. Ella vino a vivir a la ciudad para visitar diariamente a su esposo. Le lleva lo que cocina o alguna galleta que él pudiera extrañar. Me dice: casi no come, solo come helado, eso sí. Otra historia. El sábado pasado visité a los padres de mi nueva amiga. Ellos también viven en una residencia. Ellos también dejaron su casa para vivir allí. Hay otras personas con ellos y no se sienten tan solos- me dice ella. Lo cierto es que encontré a una señora extremadamente dulce y a un señor con un afán de gruñir que podría ser divertido. Pensé: qué dura esta vejez. Él quiso cantarme una canción. Apenas comenzó me di cuenta que era “My favorite things” de The sound of music. La verdad es que no entendí mucho la letra, estaba toda cambiada…era una queja a todo lo que ahora NO podía hacer, era la mención de lo que hacía antes pero que ahora inevitablemente había dejado de hacer. Cuando salimos le dije a mi nueva amiga que me resultaba muy dura esa situación. Le dije que entendía, que el sitio buscaba tener a estos ‘abuelitos y abuelitas’ atendidos. Le conté que en mi país esos lugares eran muy tristes, muchos eran pobres y mal atendidos. Le conté que una vez fui a uno en La Molina y la primera sensación que tuve fue la de hacinamiento. Cómo explicar el pequeño departamento en esa residencia: un Kitchenette, un baño, un balcón, la habitación principal y la sala de estar. Cuando es hora de almorzar, todos van al comedor, cuando es hora del ‘supper’, lo mismo. Ellos pueden tener una mascota y tienen una perrita que se llama Lola. Por esa mascota, la dulce señora sale de la residencia cuatro veces al día y la pasea por los alrededores. Es inevitable pensar en el espacio, inevitable pensar en las distancias entre mi país y este. Las diferencias en materia de salud pública, salud mental son gigantes. Pensé hace unos días, debería dedicarme a esto: trabajar con ancianos. También pensé: lloraría mucho más. Casi como lo he hecho esta semana, sobre todo, porque no era cierto lo de no sentir nostalgia. Lo que más extraño (hoy me lo preguntaron), es a la gente. Y es que es cierta la calidez, muy cierta, pero uno extraña su casa, los olores de su cocina, la tersura de una piel cercana, el abrigo de una madre envejecida, la ternura de los hijos-que intento captar cada día-el amor del enamorado-novio-esposo. Uno quiere llegar y tener a quién abrazar. Nosotros somos de tocar, esa es nuestra esencia. Es tan visible acá. Por lo menos yo, en este mundo soy de dar el abrazo, dar el beso. Por este lado del mundo, se tocan poco (a no ser que sean novios). Y entonces surge la nostalgia enorme y gigantesca. Surge para decirme que están bien mis sentidos, que sé contar las horas y los minutos. Que regresar a Lima tomará desde mañana siete días, que durante el sábado entero contaré cada segundo, que regresar a Lima lo es todo. Quién sabe, cuando tenga 65 dónde quiera estar, espero tener un lugar al que lleguen todos, un lugar abrigadito, lleno de detalles como lo tiene esta última abuelita, lleno de su historia y de su estilo. Eso espero.

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una semana después

Una semana después, encuentro que me demoro una eternidad si quiero compartir mis notas con ustedes. Entonces me dispongo a resumir la calidez de un lugar tan frío. Parece contradictorio, que a menos de 25 o 30 grados la gente sea cálida y nos trate con tanto cariño y sea, a la vez, tan comprensiva. El comentario de ‘han dejado Lima y están en verano’ ya nos da risa. Es cierto, ahora la familia está en la playa o hace planes para la piscina. Hoy preparaban una parrilla en la terraza de mi casa. Mi pequeño y sus amigas se bañaban en una pequeña piscinita de plástico. Hoy nos dejaron, después de un delicioso brunch, en la puerta  de un Museo (que solo recorrimos hasta la mitad) y al que volveremos en la semana. Estos días nos han enseñado las tradiciones de Winnipeg, el juego de curling, la rutina de las caminatas y el supper por la tarde. Nos han contado, estas sabias mujeres, de dónde han venido, cómo les ha costado criar a sus hijos. Hemos celebrado el cumpleaños 80 dela mamá de una de ellas. Estamos tratando de entender cómo hace una ciudad tan hermosa para convivir y, convivir con bastante armonía, con gente que viene de
extremos territoriales. Estas mujeres tienen antepasados rusos, menonitas y protestantes por un lado; y por el otro, judíos y eslavos. Aquí han llegado poblaciones que han huido de guerras, persecuciones y exterminios. Han levantado sus granjas, sus negocios, han alimentado a familias enteras de vecinos que se iban uniendo a la misma causa. Han luchado por respetar la vida de los habitantes originarios, aún sufrientes de discriminación y postergación. Nos parecíamos tanto en el fondo. Nuestros pueblos sufrientes son los mismos, ellos ahora luchan por respetar las lenguas originarias…casi lo mismo que intentamos desde algunos ángulos inteligentes en el Perú. Y bueno, era del frío que yo quería contarles y de lo fuerte que es levantarse a oscuras y ver que el sol alumbra casi a las 8 de la mañana y ver cómo la gente camina a esas horas, saca a pasear a sus perros, hace
ejercicio al lado del río y luego se alista para trabajar. Era del frío y de un cuento que hoy encontré para mi niño. Un cuento sobre el oso polar…animal hermoso de esta zona y que veremos, si tenemos mucha suerte, en el zoológico. El cuento habla del oso polar bebé y su mamá, que la mamá es como su cueva y que si no llega a tiempo y se hace una bolita de nieve, la mamá igual lo cubrirá con toda su piel, como una cueva…y es que eso somos los padres. Cuevitas. Ese lugar que cubre y protege de la tormenta, esa calidez que abriga, que guarda algo de comer, que espera para compartir la mesa. Eso justo pensaba hoy, eso justo he vivido toda mi vida, primero en la casa de mis padres y luego en mi casa. He vivido guardando un espacio y algo de comer para cuando lleguen o vuelvan. Eso, toda la vida.

Ya vuelvo mis amores.

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las uñas de las manos

Dos semanas antes de terminar el año pasado ya habíamos estructurado los tiempos y las rutinas de lo que sería este verano. Al final era como imaginarnos qué ibas a hacer, cómo te ibas a portar y cuántas ganas le ibas a poner. No nos habíamos separado por tanto tiempo en estos siete años. Nunca he tenido que imaginar más de cinco días sin verte. Esta vez serán tres semanas de trabajo, de investigación y de contacto con una ciudad del primer mundo. Esta vez, después de cinco días espero que no me falte el aire para respirar o el tacto para sentir. Siento que te cuido mucho y siento que es lo que he hecho toda mi vida: cuidarlos.
Este viaje será un reto.
Sin embargo, hoy descubrí que te habías vuelto a comer las uñas de la manos. Sentí un hormigueo interno, un ardor en el alma. No quiero que tengas miedo: mamá volverá pronto y no le pasará nada…me has preguntado varias veces si estoy segura, si no me pasará algo. Cuántas semanas son…las hemos señalado en un calendario (ahora que el tiempo ya tiene forma de minutos, horas, días y semanas). También he dejado muchos letreros con las ganas de que no te olvides de lo que hablamos a diario. Lávate los dientes después de comer, ten cuidado al orinar (apunta bien), lávate las manos luego de ir al baño, cuando bajes al parque luego te bañas, come todo, recoge tu plato…cuando camines hacia la piscina, mira de un lado al otro, no te alejes de Nati, ella es tu gran compañía. Cuando visites a alguno de tus amigos, no te olvides de ir al baño si lo necesitas, no te olvides de dar las gracias. Es tan bonito verte aprender y en esto cortos cuatro días he visto las ganas que le has puesto a lo que aprendes.
He visto cuánto te emocionan las grandes tareas, las letras, los trazos y los materiales. Te he visto serio y dispuesto a todo lo que te pidan. He tenido mis dudas también, de si no será demasiado, de si no estaremos cansando a mi muchacho…lo que siento, es que ante tanto, tú estás dispuesto, y sueño que en estas tres semanas tus avances te demuestren el gran niño que eres, la gran personita que se está formando.
Otra cosa es la convivencia con los otros y también, eso sé, hace que te comas las uñitas…y supongo que al acercarse el viaje, las ganas de arrancharse los pellejitos y de dejar las uñas recortaditas ha sido una de tus grandes ansiedades…como pasarte a la cama de mamá y papá, como hacer campamento todas las veces que se pueda. Hoy volví a decirte, cuando te ayudaba a recortar bien tus deditos, que no necesitabas comerte tanto las uñas, que todo iba a salir bien. Igual, corazón, yo sé qué es eso de las ansiedades y qué es eso de angustiarse. Lo sé tanto que me gustaría llevarte cargadito en los brazos como hace siete años, cada noche, cada mañana, cada tarde. Aunque, ahora entiendo, es imposible.
Quiero que sepas que yo también me comí las uñas de los dedos alguna vez. Quiero que sepas que cuando me pongo nerviosa, alguno de mis dedos sufre de quedarse sin pellejitos y me hago alguna herida. Quiero que sepas que mamá alguna vez tuvo miedo, y ha tenido miedo muchas veces más. También quiero que sepas que ya está decidida esta apuesta hecha con tu papá de verte crecer y de acompañarte en todo lo que eso implique. Èl sabe, como nadie, cuánto me cuesta hacer este viaje, y a la vez, sabe que me siento contenta de poder hacerlo, con todo el esfuerzo que esto implica. Y es que ahí viene la parte de la mujer-madre-educadora que se siente en formación constante y que quiere aprender todavía mucho, porque siente que tiene fuerzas e ideas para compartir con otros. Entonces, viene lo curioso de este viaje, practicaré inglés, estaré a -14 grados (por lo menos) y conoceré a personas de otras costumbres y con otras raíces. Esa es la parte de la aventura, y es la parte que también te he contado a ti, que te he dicho lo que yo aprenderé y lo que tú aprenderás (mira qué coincidencia).
Así retomamos la escritura. Así volveremos a encontrarnos con la gran pasión de mi vida. Así en esas noches frías me recluiré en las lecturas que llevo para no perderme en la oscuridad…así, mi chico, espero encontrarte con los deditos y las uñitas casi completas…igual, mi pedacito de azúcar, entenderé.

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Si un día ya no estás


Voy a preparar una ensalada con hojas frescas, cortar el queso en trozos, verter sobre ella aceite de oliva. Voy a caminar dando vueltas interminables frente a mi biblioteca. Volveré a leer un libro de poemas, me cubriré el rostro con pétalos de rosa para respirar ese olor nuevamente. Voy a contarle cuentos a los que estén cerca de lo que hacías con mi pelo y con mi risa. Voy a jugar con tus canciones y voy a creer que las cantas de nuevo y que suena una guitarra en tu  nombre. Luego, saldré a mirar los árboles y cogeré el auto (si todavía puedo manejar) para tener la misma sensación del aire entre mis dedos, como era darnos un paseo y salir a mirar el mar.

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