cumpleaños

Madre que duerme mal y se pasea en la madrugada para arroparte, abrir la puerta sigilosa, ver si estás dormida, agradece que llegaste bien, que busca un vaso de agua para respirar mejor-en este clima enmohecido. Madre que prepara un té y te lo sirve antes de tomarlo. Madre que se esmera en pelar manzanas, cortar un queso o pelar una palta.

Mujer que se viste de colores, para alegrarse con la garúa, para correr a tu encuentro. Mujer que duda de la ropa, los guantes y el brassiere que usa. Mujer que tiembla con tus besos y todavía espera una caricia a medianoche. Mujer que respira y brilla cuando baila, que espera cantarte a media tarde o de madrugada.

Madre que se acuesta y llora contigo la primera ruptura o la decepción primera. Ella, que toca tu frente, busca un paño tibio y se sienta a esperar que baje. Madre que sufre si no lees o no escribes, porque sueña con palabras, porque está hecha de ellas.

Mujer, álbum de fotos, risa en primavera, Hoy que Lima intenta, a fuerza de todos, cambiar un poco su brillo. Mujer que se depila, usa bikini aún y trata de que funcionen los abdominales. Gusta de tocar su cuerpo, lo mueve y lo tuerce. Mujer que tiene un cuerpo grácil todavía, marcas en la piel clara y ojos de enamorada.

Madre que se enoja con la flojera, la frescura o la indiferencia. Madre que habla en otro tono cuando quiere dejarte un mensaje, que también deja que te viertas en su regazo y acaricia tu pelo, sabe de tus cosquillas y de tus miedos. Madre que camina de tu mano, la coge tierna y suaviza las asperezas.

Mujer que es madre. Madre que se sabe mujer.

Mujer que cuida de cachorros y madre que los entiende. Mujer que quiere irse de pronto de viaje y dejar atrás tanta tarea. Madre que insiste en mirar a través de tus ojos y que sigue enamorada de los suyos. Mujer que cumple años, madre que celebra con ganas el de sus amores y se olvida un poco del suyo.

Madre que es mujer, que ha vivido el mismo tiempo y que la ha soportado el mismo cuerpo.

Debe anticipar-se, despertar-se, dar-se cuenta.

Hay un año que ahora inicia, una vuelta al sol que está a punto de marcar una distancia (nada cambiará o no mucho). Seguirá de pie, inquebrantable, en esta disputa que la antecede…de ser madre y mujer al mismo tiempo.

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Tus veinticinco

Un día, porque siempre habrá ‘un día’ en los cuentos, yo dejaré que te marches y respiraré profundamente mientras te vea partir. Trataré de no ahogar mi llanto (lo prometo) y es que has vivido tanto.

A tu edad, yo era una muchacha que empezaba muy temprano con sus tareas caseras. A tu edad, yo te tuve y fui inmensamente feliz. Te lo he dicho mil veces veinticinco: fue fácil tenerte. Tanto que me deslumbraba con mirarte de madrugada y de tarde. Cuando volví a trabajar ese año (que fue para las últimas dos semanas), no lograba concentrarme. Estaba en mis clases, y me acordaba de tu olor, de tus manitos.

A tu edad, sabía mucho menos que tú de este mundo y más, conocía muy poco.

Debo recordar que siempre colaboraste con todo. Fuiste una niña activa, fuerte, intrépida y alegre. Nunca te opusiste a nada, más bien, inventabas actividades para ambas. Dentro de lo curioso que fue criarte, me apasionaba tu relación con las palabras.

Muchas veces tus frases interminables me hicieron reír. “Madalenaquiejumbrotunoche” fue una de esas que yo anoté y sobre la que te hice un poema. Hoy lo buscaré y te lo volveré a imprimir para que lo guardes contigo. Hoy, además, celebraremos, como lo hemos hecho siempre, porque las fiestas, las reuniones, las salidas, han ido de la mano contigo, porque la broma ha sido que debías ser algo polaca, porque podían ser siete días intensos para ti. No importa. Esta vez, celebraremos tus planes, tu risa, tus sueños. Y entonces, cuando para mí sea oportuno, te abrazaré tiernamente, en silencio, para quedarme contigo adonde vayas. Nadie me dirá que no estaré por donde camines en este nuevo año, nadie me podrá preguntar si te extraño, porque estaré en medio de tu corazón para siempre…y claro, si me dan las fuerzas, cruzaré el mar inmenso por reírme contigo una vez más.

V e i n t e   y   c i n c o

Veinticinco (una hora más del día), una madrugada friecita

Veinticinco minutos y un poquito más (que fue lo que demoraste en dejarme)

Veinticinco esta vez, este año, esta luna

Darás la vuelta al sol (tu compañero) y serán rápidos los otros veinticinco

Luego, nos encontraremos de nuevo

Como al inicio, como el primer día

 

 

 

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Que te cuides

 

Cuando te digo ‘que te cuides’

es para que te coloques una bufanda en el cuello,

es para que no salgas con el pelo mojado,

es para que él sea bueno y amable contigo

es para que no te haga esperar, sino que espere un poco por ti.

 

Cuando te digo que te cuides, te digo: quédate conmigo

Un día, unas horas, un poquito de este invierno.

Luego ya te habrás ido y a mí me quedará poco.

Casi como le queda a mi madre:

Como le quedan algunos recuerdos,

O algunos sueños,

O como recuerda algunos poemas.

 

Otro día que te diga que te cuides y zarpes en ese viaje

recuerda que a este lado quedaré sin tus manos

sin esos brazos fuertes, que ajustan cámaras y señalan puertos.

Recuerda que a este lado estaré de viaje también,

contaré a algunos alumnos rumbo al norte,

caminaré algo dormida cuando toque vigilancia

cantaré en silencio, tendré también la voz sonora.

Me vestiré de madrugada para volver,

p a r a  v o l v e r ,

desde esa noche en pleno frío serrano,

por mí solo pasaba la misma idea:

v o l v e r  a  c a s a (donde sea)

contar los pasos, sentir tus brazos, acomodar mi espalda, escuchar las voces,

dormir.

Que te cuides

Es también del sol, aunque no creo,

Sabes que estás hecha de esa esencia…

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Feliz cumpleaños hermoso

Hoy preparé café muy temprano. Me puse a molerlo, a disfrutar de su aroma y lo coloqué en la cafeterita nuestra, la que usábamos cuando aún vivías con nosotros. Pensé desde muy temprano en ti. Recordé el largo parto, los apuros, la sabanita blanca de tu cuna llevada por tu padre en un día de toque de queda. Luego recordé que hace unos días tu hermanito me había dicho que tú y tu hermana tenían unos nombres ‘hermosos’…recordé tu relación con el lenguaje desde pequeño, tus lecturas, tus primeros textos. Han pasado treinta años desde esa madrugada y todavía en mi piel retumban tus primeros gestos. Fui una madre complicada y joven. Enredada entre pañales y poemas. Nadie me podía separar de tus ojos y a la vez corría a dejarte en la guardería cercana para ir a mis clases. Solo tú me podías dar esas ganas y esa fuerza para sacarme de encima el sueño, la mala noche o el hambre.

Ayer te vi fraterno y entregado a tu tarea de lingüista e investigador. Tuve la impresión de que presenciaba desde lejos una escena que había vivido ya. Mi pequeño gigante comentaba la emoción de reconstruir la vida de un gran maestro bora. No ocultabas la emoción, no dejabas de traslucir el significado de tan hermoso hecho. Solo los que estamos en aulas podríamos entender, de corazón, lo que pasó ese muchachito cuando no podía decir en español lo que sí sabía en bora. Increíble paso el que han dado tú y los colegas que te acompañaron. Yo estaba extasiada y sostuve al lado la mano de tu hermanito, vi cómo tu hermana fotografiaba cada instante. Lindo celebrar antes de los treinta, un poco de labor, un poco de la tarea que haces a diario.

Hoy preparé café muy temprano.

Sin dudas el sabor de ese café puneño me supo a cielo.

Nada más mi Andrés Napurí. Nada más porque las palabras se me traban a esta hora, porque soy muy feliz hoy, porque ya no tengo cómo devolver todo lo que me dan tu amor y el de tus hermanos…es como si me cargaran, como si flotara ya, y esparcida me quedara para siempre con ustedes. Feliz cumpleaños hermoso.

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para entrenar a mi corazón

 

Cuando era una chiquilla, soñé con tener varios hijos. En realidad, mis juegos de niña, esos de cargar con mis muñecas para un lado y para otro, de hacerles cuadernitos con papeles doblados y con ejercicios de matemáticas en cada uno, me hacía soñar con varios hijitos a los que querer. Después me di cuenta que fuimos muchos en casa y que nos disputábamos el amor materno, como hacen las crías de los animales que más nos pueden gustar. Recuerdo la firmeza de las palabras de mi madre. De hecho, tuvimos miedo más de una vez, porque verla molesta era tremebundo (cual Mafalda dixit).

De todas formas, estos días me recordaron mi fascinación por los niños. Mi temor ante el primer embarazo. No podía equivocarme, tenía que hacer las cosas bien. ¿Cómo hace una madre a los diecinueve años con sus miedos? ¿Se los guarda, los esconde, los tira al tacho cuando se angustia demasiado? Yo viví lejos de mi madre ese tiempo… no es que me haya ido de Lima, absurdamente, mantuve una distancia de pura soberbia, con la idea de ’yo lo puedo hacer sola’. Sirvió, creo, para valorar, todo lo que ella me había enseñado de chica. Qué era una panela o cómo preparar un estofado, qué hacer con los secadores percudidos. Recuerdo, de chica, cuando ella estaba haciendo algo en la cocina, entraba a robarle verduras. Me las llevaba al jardín y preparaba en mi cocinita de fierro un plato parecido para mis muñecas sentaditas en fila. Me gustaba robarme un poco de vainitas o zanahoria, con la intención de cortarlas y que queden bien puestas en los platos de plástico.

Recuerdo con ilusión esos juegos y también que algunas veces me trepaba a los árboles y otras, que me reventaba las rodillas. Mi madre nunca prohibió mis carreras o mis intrépidos saltos en bicicleta. La vez que fracturé mi codo en el colegio, fue ella la que me dio el encuentro en la Clínica. Fue ella quién me acompañó los días de verano a la rehabilitación. Ella, quien, llevaba un libro siempre o la revista Selecciones en la cartera. Fue ella la que se emocionaba cuando alguien comentaba que nuestro parecido era inaudito, que ‘habíamos sido dibujadas con el mismo pincel’ como nos dijo una vez un viejito.

Hoy también he pensado: Hay que morir para que los hijos hagan lo que siempre han querido… estos días he pensado con pasión en esto. He visto cómo busqué después de que mi papá falleció salir de su casa y mudarnos a un sitio ‘nuestro’. No tuve valor antes. Había algo que me sostenía y me tenía atada a la higuera de mi madre. Y es que había estado tan cómoda por un buen tiempo, había vuelto a su regazo, había estado por varios años (casi diez seguidos) a la hora del café con ella y con él, y luego cuando mi hermana regresó, y luego, cuando mis hijos se hicieron grandes, era el momento, las habitaciones quedaron chicas o los espacios se repletaron. O había eso de tener el sitio que signifique para ellos lo que la casa de mis padres significó.

Y digo, hay que morir, porque se reparten las herencias, se reparten los ahorros (si existieron) y por ahí también se reparten los afectos. Mis hijos mayores perdieron a su padre hace no mucho y hace menos, han empezado a emprender nuevos sueños, planes, alianzas con el futuro, que para mí solo significan cambios por los que debo entrenar a mi corazón. Y luego pienso, mi madre ha viajado tanto, y cada viaje es para ella una aventura, y cada historia se ha quedado grabada en su piel, y pienso debo ser como ella…cada gota que salte de mis ojos, grabarla en mi piel. Todo porque ellos logren lo que anhelan y sino, estar ahí para acariciar el rostro y sonrojar las mejillas. Entonces sus viajes siempre tendrán sentido, partir, siempre será un buen signo, hacer, también será una buena señal. Todo para entrenarme bien, para que mi corazón se aliste y sepa, que, a mi muerte, ellos todavía emprenderán nuevos rumbos… ellos, los tres ahora, los tres en sus edades diferentes y con sus características disímiles… los tres porque eso quise, mis tres hijos.

 

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Hace un mes

Lima era lo mismo, nosotros regresábamos de Pachacamac. Habíamos estado acompañando unas sesiones de fotos. Esa mañana, solo quería poder respirar. Los días de esa semana no los olvidaré en lo que viva. Vi la desesperanza en mis hijos, el derrumbe, el miedo y el dolor. Todo junto de manera violenta. En ese trance, solo rezaba por ti, quería que siguiéramos rezando y que acabara ese tormento para ti y para todos. Esto último, ahora entiendo, fue lo que te hizo descansar y decirnos, ‘suéltenme’.

Hoy estoy segura que nos atamos a los seres que amamos. Esa mañana volví a recordar la calurosa mañana de marzo en la que dejamos partir a nuestro papá. Esa mañana recordé cuánto  y cuántas veces me dijiste, ‘calma, todo pasará, mira a tal, mira cómo terminó el colegio…’ cuántas y de tantas formas… hoy he mirado los girasoles que compré para despedirnos del año, hoy me he detenido a conversar con mi chico, a ‘anticiparle’ todo: “bajamos al parque, si se ponen pesados los chicos, nos volvemos, no está Claudio, Valeria está ocupada con unas niñas, piensa, cuánto quieres quedarte”-“solo un ratito mamá”…y así fue, y nos bañamos, y curamos la tos, y jugaste con tu hermana y su novio pókemon, y te sentiste bien, enormemente bien.

Hoy, hace un mes que nos dejaste y como huerfanitos ante tu ausencia, deambulamos recogiendo flores. Hoy, también he pensado, cuánto tendré que aprender sin ti. Cuánto sobre lo que me dirías en esa o en tal situación, cuánto de tu entusiasmo lo tengo que encontrar en mí, cuánto de tu orden y fascinación por el excel, cuánto amiga y hermana. Cuánto cuidar de mi otra hermana, cuidar de mis hermanas mayores, de mi mamá, de mi hermano mayor. Cuánto sin desfallecer en los miles de intentos en los que conversábamos sobre el amor, y los caminos que encontraba para darse y aparecerse en mi vida.

Hoy, que rece con Giacomo, le pediré que miremos la luna y que Venus, la más brillante esta noche, te esté acompañando. Le diré que estarás cantando, que mañana rezaremos por tus hijas, por tus papás y hermana. Le diré que él es el niño ‘más bueno del mundo’, ‘el que tiene un corazón que le ocupa todo el pecho’, le diré que mañana que cantemos, lo haremos por ti y por nosotros…para tenerte presente.

Otra vez va a ser hoy, y otra vez se me mojará la cara de tanto llanto.

Otra vez será hoy y sentiré tu abrazo mañanero,

Qué bendición haberte tenido cerca,

Qué bendición.

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Batalla

Mañana será otro día de batalla.

Imaginar que llegaré al colegio y no nos daremos el apapacho mañanero, no asomaré mi cabezota por tu puerta, no te diré: ¿¿llegaste Virnacha?? ¿¿Estás ahí?? No te contaré la última broma de Giacomo o alguna de sus locuras…

Imaginar que esperaré diez días, un poco más, Dios sabe, tal vez un poco menos, para eso.

Imaginar que no te llamaré para algo, un dato, una pregunta, una risa…

Imaginar y tratar de no sentir…solo para sostenerte como tú lo has hecho tantas veces, como ese mediodía que me quebré y no podía del llanto, porque no la chuntábamos con mi niño, porque sólo tú me podías calmar.

Imaginar, llegar al comedor y entendernos con las miradas, acompañarnos un ratito, darme el dato del mercado, darme el dato de la fruta, guardarte tocino e hígado (si llevaba) o buscarte con un café para compartir un blondie.

Imaginar no conversar sobre la voz de Pauchi o sobre el negocio de Gab. Reírnos de los hijos grandes, de sus novios y novias, de cómo nos cuentan sobre sus amores, de cómo crecen aún a nuestro lado, porque tú y yo quisimos ser mamás muy jóvenes, una se embarazó un poco antes que la otra, una le lleva a la otra un año…a veces dos.

Cada día que tú batalles, cientos de nosotros estaremos allí: resistiendo, cargándote. Cada día nuevo que empiece, en plena lucha, se escucharán cientos de rezos, oraciones y canciones. Cada día tendrás un ejército de retaguardia.

No podrá ser de otro modo.

No podrá ser distinto.

Nada nos convencerá más que ver tu sonrisa impecable de nuevo.

Hacia allá vamos.

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