Hace un mes

Lima era lo mismo, nosotros regresábamos de Pachacamac. Habíamos estado acompañando unas sesiones de fotos. Esa mañana, solo quería poder respirar. Los días de esa semana no los olvidaré en lo que viva. Vi la desesperanza en mis hijos, el derrumbe, el miedo y el dolor. Todo junto de manera violenta. En ese trance, solo rezaba por ti, quería que siguiéramos rezando y que acabara ese tormento para ti y para todos. Esto último, ahora entiendo, fue lo que te hizo descansar y decirnos, ‘suéltenme’.

Hoy estoy segura que nos atamos a los seres que amamos. Esa mañana volví a recordar la calurosa mañana de marzo en la que dejamos partir a nuestro papá. Esa mañana recordé cuánto  y cuántas veces me dijiste, ‘calma, todo pasará, mira a tal, mira cómo terminó el colegio…’ cuántas y de tantas formas… hoy he mirado los girasoles que compré para despedirnos del año, hoy me he detenido a conversar con mi chico, a ‘anticiparle’ todo: “bajamos al parque, si se ponen pesados los chicos, nos volvemos, no está Claudio, Valeria está ocupada con unas niñas, piensa, cuánto quieres quedarte”-“solo un ratito mamá”…y así fue, y nos bañamos, y curamos la tos, y jugaste con tu hermana y su novio pókemon, y te sentiste bien, enormemente bien.

Hoy, hace un mes que nos dejaste y como huerfanitos ante tu ausencia, deambulamos recogiendo flores. Hoy, también he pensado, cuánto tendré que aprender sin ti. Cuánto sobre lo que me dirías en esa o en tal situación, cuánto de tu entusiasmo lo tengo que encontrar en mí, cuánto de tu orden y fascinación por el excel, cuánto amiga y hermana. Cuánto cuidar de mi otra hermana, cuidar de mis hermanas mayores, de mi mamá, de mi hermano mayor. Cuánto sin desfallecer en los miles de intentos en los que conversábamos sobre el amor, y los caminos que encontraba para darse y aparecerse en mi vida.

Hoy, que rece con Giacomo, le pediré que miremos la luna y que Venus, la más brillante esta noche, te esté acompañando. Le diré que estarás cantando, que mañana rezaremos por tus hijas, por tus papás y hermana. Le diré que él es el niño ‘más bueno del mundo’, ‘el que tiene un corazón que le ocupa todo el pecho’, le diré que mañana que cantemos, lo haremos por ti y por nosotros…para tenerte presente.

Otra vez va a ser hoy, y otra vez se me mojará la cara de tanto llanto.

Otra vez será hoy y sentiré tu abrazo mañanero,

Qué bendición haberte tenido cerca,

Qué bendición.

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Batalla

Mañana será otro día de batalla.

Imaginar que llegaré al colegio y no nos daremos el apapacho mañanero, no asomaré mi cabezota por tu puerta, no te diré: ¿¿llegaste Virnacha?? ¿¿Estás ahí?? No te contaré la última broma de Giacomo o alguna de sus locuras…

Imaginar que esperaré diez días, un poco más, Dios sabe, tal vez un poco menos, para eso.

Imaginar que no te llamaré para algo, un dato, una pregunta, una risa…

Imaginar y tratar de no sentir…solo para sostenerte como tú lo has hecho tantas veces, como ese mediodía que me quebré y no podía del llanto, porque no la chuntábamos con mi niño, porque sólo tú me podías calmar.

Imaginar, llegar al comedor y entendernos con las miradas, acompañarnos un ratito, darme el dato del mercado, darme el dato de la fruta, guardarte tocino e hígado (si llevaba) o buscarte con un café para compartir un blondie.

Imaginar no conversar sobre la voz de Pauchi o sobre el negocio de Gab. Reírnos de los hijos grandes, de sus novios y novias, de cómo nos cuentan sobre sus amores, de cómo crecen aún a nuestro lado, porque tú y yo quisimos ser mamás muy jóvenes, una se embarazó un poco antes que la otra, una le lleva a la otra un año…a veces dos.

Cada día que tú batalles, cientos de nosotros estaremos allí: resistiendo, cargándote. Cada día nuevo que empiece, en plena lucha, se escucharán cientos de rezos, oraciones y canciones. Cada día tendrás un ejército de retaguardia.

No podrá ser de otro modo.

No podrá ser distinto.

Nada nos convencerá más que ver tu sonrisa impecable de nuevo.

Hacia allá vamos.

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el teatro, tú y yo

Me pregunto qué he apostado en esta vida si no es mi propia sangre repartida, las ganas locas de cuidar a mis hijos, las tazas de café infinito y de cariño tibio empedernido. Contigo todo lo indago, lo leo, lo investigo. Han pasado 5 semanas desde que empezamos la nueva apuesta o ya son seis. No siento que duermas mejor o quizás sí. O es tal mi cansancio que no alcanzo a saber a qué hora me abrazas y me dice, ‘mami y suspiras’.

Contigo todo ha sido diferente. Sabía que sería así, cómo iba a ser diferente.

Estas últimas semanas hemos estado más solos, más queriendo ver a tus hermanos, preguntando por ellos, por su historia, por su padre. Estas semanas, tú has querido venir todas las noches a nuestro cuarto, a la cama y cuando nos hemos quedado solo los tres, nos has dicho, ‘es la noche, toca pijamada’…y me he reído tanto de tu afán por no estar solo que he pensado nuevamente en cuánto tiempo tendré para estar contigo.

La otra tarde fuimos al teatro. Siempre he creído que tú y las artes están más que conectados. Solo entrar a la sala te hizo adoptar otra postura y un volumen muy bajito y hasta imperceptible. Le pediste agua a nuestra amiga, tomaste un poco. Todo estaba a oscuras. Me tomaste de la mano. Te dije, está comenzando, me contestaste, sí mami. Fue una delicia estar sentada a tu lado. Casi no me preguntaste, te tapaste los ojos cuando los héroes se besaron. Aplaudiste y celebraste el cajón peruano. Todo fue atención y risa. Todo fue pensar cuánto aprender de tu mano, cuánto camino por recorrer y dejar de pensar que este cuerpo es prestado, que estoy aquí y ahora y que ese es le tiempo que tengo y que importa.

Nada me da más gusto que escucharte leer o que te esfuerzas por leer una carta en la mesa de un restaurante. Nada me emociona más que tus historias contadas en tres tiempos y con las interrupciones de costumbre. Ahora, solo llego a imaginarme cada noche el día en que tú me leas un cuento y yo duerma a tu lado. Va a llegar ese día y estaré arremolinada a tu lado, como de costumbre. Porque no ha habido otro estado entre nosotros que el espacio de un cuerpo y otro, de estarse cerca para saberse bien, para sentir el cuidado y el apego.

He escuchado tanto sobre infancia en estos últimos años. Tu infancia me enorgullece. Aunque a veces diga tu papi que perdimos o que gastamos innecesariamente. Aunque a veces reniegue, tiene un bloque de oro puro en ese pecho enorme y sabe cómo ser bueno y cariñoso. Aunque se queje, él también sabe que hemos recorrido lo que debimos, que tú has tenido nuestro afán, nuestra sangre y nuestras risas…que así era lo que debía pasar.

El tiempo que se nos viene será el de verte crecer más. Quiero que seas scout como tus hermanos y buscaré el grupo que te acoja y te enseñe a aprovechar tu tiempo y habilidades. Quiero que la música siempre esté de tu lado y la voz esté marcando el paso de tus días. Quiero oírte cantar en coro, solo, en banda o grupo rockero. Quiero verte bailar y para eso espero seguir los ritmos que a veces nos inventamos. Quiero cielo, amor, luna y sol…tú sabes bien por qué o lo sabrás entonces…

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Ni una menos

¿Y no vas a contar tu historia?-me preguntaron los dos mayores…
Tendría que contar que a los 16 conocí al que sería padre de mis dos primeros hijos, que fueron mis enredados exámenes los que me acercaron a su jefe, y por lo que tuve que frecuentar el famoso despacho de nuestro querido maestro. Era una chiquilla, tímida e ingenua…tuve unos amores esos años que me hubiera gustado conservar…sin embargo, a los 19 me enamoré de él, de mi profesor o jefe de prácticas, para ser exacta, adoré todo lo que sabía, escuché sus comentarios con mucha atención, admiré la forma que eligió para cortejarme…Hasta ahí parecería una historia de amor de lo más cursi o normal.
Quedé embarazada y nos casamos al poco tiempo. Era muy religiosa entonces y creí que él podría casarse conmigo aunque no creyera en nada (como lo decía). Mi confesor fue quien nos casó. Recuerdo que días antes le dijo: ella es como este lado de tu piel ( le señaló el antebrazo-se lo volteó-) por donde está la parte más delicada y blanda. Así la tienes que tratar.
Poco tiempo pasó para que yo descubriera que su afición por el alcohol y la cocaína fuera destructiva. Intentó convocarme a los consumos, me negué muchas veces. Él se desaparecía por noches enteras, yo me desvelaba pensando que podría aparecer. Entonces me escapaba, huía. Con mi hijo mayor traté de escapar los fines de semana de donde vivíamos para evitar el encuentro con el hombre borracho- que hablaba incoherencias o que no podía hacer de padre porque no se sostenía en dos pies. Tuve la idea nefasta de creer que podía ayudarlo, que algo de sí podía rescatar y busqué ayuda, médicos, doctores, psicólogos…no vio a nadie, todos se citaron conmigo.
Es más, pasé creyéndome una vida lo que me decía una vez que empezaba a tomar o cuando estaba con alguna droga encima: que era bruta, o tonta o estúpida o loca…que mi familia era una mierda, que no sabía nada ni entendía nada de la vida. Acepté por años todos esos juicios, todo su maltrato aduciendo que lo provocaba el consumo o la adicción.
Una vez prometió sanarse…debo haberle dado lástima…y quedé embarazada por segunda vez, con toda la intención de darle a mi hijo una hermanita. Ese fue el embarazo de la soledad, de los controles en solitario, de ser atendida en el seguro social y no estar nunca con él como padre, jamás fue a uno solo de mis chequeos. Esa debe ser la razón por la que a esa niña la defenderé hasta muerta…y bueno, cuando nació, solo podía estar en el Hospital un día. Al día siguiente, debían darme de alta. Él no vino a recogerme. Envió a sus padres…él no se había podido levantar: “estaba limpiando el departamento” me dijeron. Ahí comencé a detestarlo. Empecé a dormir un día en un cuarto y otro día en otro…empecé a creerme que mi pequeña no podía dormir y yo la acompañaba. Aún así, seguí viviendo con él. Me resistía a creer que TODO había terminado. Esos años, pasaba de viernes a domingo en casa de mis padres. Él odiaba que fuera, para mí era el jardín que necesitaban mis hijos, era la tranquilidad que ellos necesitaban… Y cuando me daba roche, cuando ya no quería molestar, me quedaba calladita donde vivíamos, nos quedábamos los tres, hacíamos el plan del parque o de ir a Chifa de la esquina, total, no aparecía el papá o si lo hacía estaba tumbado en la cama sin levantarse en todo el domingo.
No recuerdo mucho más o he tratado de olvidar ante tanto dolor. Solo hay una noche que fue la última. Esos años yo ya trabajaba como maestra y él había empezado a retomar unos cursos en lingüística y se quedaba las noches leyendo con un vaso de vodka al lado. Un día, encontré un sobre de cocaína en medio de uno de esos libros (libro que había dejado en medio de la mesa del comedor). Le reclamé en voz alta, trató de callarme, de negar que fuera suyo, dijo que sería de uno de sus amigos (que nunca faltaban). Igual, ya no había más confianza, más apego.
Días después celebraríamos Navidad. Fue la peor Navidad de mi vida y seguramente de mis hijos. Íbamos los 24 a pasar la medianoche donde mis papás y el 25 donde sus papás. Mi padre ya estaba cargando con un parkinson que lo llevaría a la muerte. Estuvimos en la cena. Empezó tomando antes de salir para casa de mis padres. Llegó, se quedó dormido hasta que fue la medianoche. Se despertó y quiso que nos fuéramos enseguida. No discutí, en general, no discutía con él frente a nadie. Dormí temblando esa noche, tenía miedo de no saber con quién dormía. A la mañana siguiente nos llevó donde sus papás. Allí no dejó de tomar, compró un cajón de cervezas y tomó con los que estaban presentes, con sus hermanos en realidad. Como a media tarde le empecé a pedir para regresar, por el miedo a que maneje a oscuras. Llegamos a salvo, después de temblar toda la vía expresa desde 28 de julio (Centro de Lima) hasta Chorrillos. Yo había dejado una ensalada navideña y un poco de pavo para cenar juntos esa noche. Lo cierto es que mientras poníamos la mesa con los niños, mis pequeñitos en ese entonces, él se sirvió unos vasos de vodka. Pusimos la mesa y lo llamamos. Se iba a sentar y cogió uno de los platos servidos y lo aventó hacia la cocina, iba a coger un vaso y yo empecé a retroceder para llevar a mis hijos hacia el cuarto de mi hijo mayor, cuarto al que podía ponerle llave. Corrimos y nos encerramos. Él lanzó la mesa entera al piso, rompió todo lo que pudo, quiso abrir la puerta donde nos habíamos encerrado, no recuerdo lo que dijo, recuerdo mi cuerpo abrazando a mis dos niños. Recuerdo decirles que nos iríamos al día siguiente, que no podíamos vivir así, que no escucharan, que yo iba a dormir con ellos… que no me movería de ahí.
Al día siguiente, eso fue lo que hicimos. Él salió muy temprano a trabajar. Busqué cajas de cartón, pedí a la persona que venía ayudarme que fuera a buscar más cajas de cartón. Llamé a casa de mi padre. Hablé con mi hermana mayor. Le conté a grandes rasgos que estaba dejando la casa, que debía salir de ahí y que debía volver a casa de mis padres. Le pedí ayuda con el camión de mudanza. Separé mis libros de sus libros, mis casettes de sus casettes, sus discos de mis discos, su ropa de mi ropa. Envié todo lo suyo a casa de sus padres. Envié lo mío a mi casa, a la casa de mis papás.
Todo se acabó en ese instante. No puedo negar que lloré esa mañana lo que no había llorado antes. No puedo negar que algo de alivio sentía en la espalda. Lo demás es de imaginarse. Me convertí en mamá sola de dos niños de 9 y 4 años, él poco a poco se fue al diablo. Ahora pienso que ya había estado sola muchos años o meses antes…mucho en solitario, mucho escudando su ausencia, mintiendo por él para que nadie sepa, para que sus hijos no noten, para que mi familia no se entere…mucho callar y no decir, mucho, durante tanto, que fue difícil sacarme de esa tristeza…fue difícil.
Ayudó sentirme valiosa, ayudó mirar cada mañana a mis chicos hacerse más grandes y hermosos, ayudó trabajar y trabajar y buscar ayuda para mí, para quererme, para encontrar las razones de tanto, de tal dolor, encontrar el sentido de una vida que aún era joven (no tenía ni 30 años cuando quedé con esos chiquitos). Lo luché todo, como hasta hoy. Y aprendí a no callar.

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London

La noche que  pasé

No había forma de desperezar el cuerpo

Haber quedado  agujereada por el estrés

Atender a que la angustia se fuera sola

Escuchar que me digas: tranquila madre

Tranquila

Tu voz en la inmensidad de la noche

Todo lo transporta           Todo lo mueve

Y en el movimiento el péndulo atroz del tiempo

Nada pasará nuevamente        No será la primera vez

¿Te pasearás por las calles de las canciones?

¿Existirán esos lugares, hijo?

Seguro      Pausado      Como siempre

Nada lo aterra

Ni mi sospechada muerte

Cómo fuera yo esa paz        Ese sueño

Tranquilo

Un viaje más        Un mar infinito de distancia

Tranquilo

 

 

 

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Un nuevo año escolar

He pensado varios días sobre esto. Los niños, los chicos y las chicas empezaron el nuevo año escolar. Muy acalorados, con los rostros rojitos, con el sudor eterno que rodea las cabezas. ¿Por qué a mí esta sensación de tensión en el estómago no se me desaparece? Pasa lo mismo todos los años. Mirar las caras ‘nuevas’ o entrar a dictar la ‘primera’ clase suele acogotarme los nervios y entrar en tensión.
Mi pequeño comienza la primaria mientras su hermana busca trabajo. Hay mucho por hacer todavía. El caño de la cocina hay que cambiarlo, hay que comprar lo necesario para la casa, hacer el mercado los lunes y luego pensar en la lonchera cada día. Hay que ver qué le queda del viejo uniforme y comprar algo para el nuevo año…ya la mochila y la lonchera grande fueron compradas. Todo es organización.
De todas maneras esto se iba a tratar de un nuevo año, de mis angustias, de hacia dónde me estoy dirigiendo, de lo que ha cambiado mi cuerpo y cómo eso me abruma. Ahora me siento barrigona y no tengo la fuerza necesaria para hacer el ejercicio que necesito. Ahora que comienza un nuevo año, que regreso al colegio con lo visto en otras latitudes, que estamos listos digo, que hacemos todo porque estén listos, me siento a respirar. Parece que hubiera empezado con una viada muy intensa desde enero y que no me hubiera sentado a mirar. Ahora miro. Miro los ojos de mi pequeño cuando me pregunta a qué hora vuelvo, miro los ojos de mi hijo mayor cuando me cuenta de lo último que cocinó y de que el último ‘abstract’ irá dirigido a Londres, miro tiernamente los ojos de mi chica cuando cuenta del último detalle del día de grabación.
Pienso que los años han pasado por alguna razón. Estos años de tanto ajetreo, de ver crecer al pequeño, de ver terminar los primeros estudios de la segunda. Siento que ella vivirá estudiando o seguirá perfeccionando un arte demasiado sensible a los ojos como la fotografía. He soñado qué hacer para ayudarla un poco más, he pensado qué más puede hacer ella, he circulado su CV , aunque por esta época, y ´por lo que vivimos como país, aún no ha tenido mucho éxito.
Son meses fofos estos del comienzo de año, un año de elecciones presidenciales, en un país como el nuestro. Un año de incertidumbre con tanto por pensar y decidir. Son meses fofos y bobos. Solo el sol permanece inamovible, porque además nos ha tocado una temporada de un calor agobiante y signos de El Niño hasta, por lo menos, junio.
Entonces, el nuevo año apareció entre mis dedos preguntándome cuánto más hay que hacer para poder respirar más tranquila. Cuánto ayudar al pequeño, cuánto de esta toma de conciencia, de este conectarlo con sus sensaciones, cuánto de hacer que se mueva y cante, que se sienta exitoso, eso justo es lo que pensaba., que se sienta exitoso. Ese es el quid del año, es la cuota que todos necesitan: sentir que los pequeños triunfos los alcanzaron. Levantarse por la mañana y coger el cubierto correctamente. Desayunar sin protestas y vestirse rápido porque llegamos tarde y no hay nada como no querer llegar tarde porque me perderé a mis amigos. El año ha comenzado, el primer mes de clases nos ha dejado ya. Estamos atravesando el segundo mes y el calor aún nos sobrepasa.
Y el país se desmorona, pasa por uno de sus peores momentos o de los peores momentos que yo recuerde. Tanta impunidad, tanto desmemoriado asusta. Hago todo porque los que estén cerca aprendan, crezcan y lean. No es un país fácil, su gente tampoco lo es. Igual es un país que merece mejores gobernantes, mejores autoridades y que merece, entenderse, conectarse, conocerse. Difícil, ahí vamos (como decía Cerati).

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Últimos días

Las últimas horas en estas calles han sido resbaladizas y todavía algo friolentas. “Esta ha sido la mejor semana del invierno”- me han dicho con energía. Es muy probable. Las caminatas no me han congelado tanto las mejillas (se siguen poniendo rojitas inevitablemente) y sigo sin poder sacarme los guantes al caminar. Lo cierto es que la temperatura ayudó a tener un poco más de aventuras como ir a patinar o subirse a un bus. La última vez que patiné debo haberlo hecho con mi hija, cuando ella usaba unos patines en fila. Fue bueno recordar esos días, y más las veces que cogía mis patines y me iba hasta el Ebony a comprar chocolates o alguna golosina que no tuviera el chinito de la vuelta. Una vez, a mediados de los 80 lo hice con mi súper compañera de mataperradas. Carola y yo nos pusimos los patines después de que mi hermana mayor nos diera unos soles para comprar en el Ebony los últimos dulces importados que comeríamos en un buen tiempo. En esa época las calles de San Borja ya empezaban a tener los inmensos parques verdes pero no había muchas casas en los alrededores.

Los patines, como la bicicleta han sido para mí las primeras herramientas para sentirme libre. En la nieve pude recordar un poquito esa sensación y las ganas de hacerlo más rápido y correr más me emocionaron muchísimo. Fue un espacio para ver a todos los que vienen hasta este lado del mundo, de diferentes lugares, de diferentes lenguas y colores. Todos uniformados de tanto abrigo y de las ganas de poder moverse en ese hielo plomizo y sucio de tanto patín. me moría por cada niño que se deslizaba en una bandeja para trineo…pensaba lo divertido que sería que me jalaran en esa misma posición. Pensaba también en mi familia y en el calor de  mi casa. Al acabar de patinar, tuve la sensación extraña de no sentir mi rostro, de tenerlo un poco congelado o rígido. Me dio un poco de miedo, la boca algo torcida o no sé qué. Apenas me abrigué, todo pasó. Debemos haber seres de otras temperaturas. Más hechos a la humedad de los gestos. Ya les había dicho algo así: nosotros somos de tocar (es cierto). Salvo el amoroso abrazo de la señora Esther, que nos regaló una taza a cada una, la calidez no es muy física, es de gestos, de palabras. Por ejemplo, engreírnos en un maravilloso SPA nórdico por varias horas, hasta volver a sentir la humedad que extrañábamos en la piel.

Y claro, una que está acostumbrada a lo físico a los apapachos, a los hijos prendidos del cuello, a las siestas conjuntas en  el sillón, a la caricia, siento al cuerpo todito descompuesto y angustiado. No se me pasa esa sensación. Eso de saludarse sin acercarse mucho, eso de decirse siempre, estrecharse las manos, son los gestos de la calidez nórdica, gestos. Como ayer una profesora me decía que prepare con ganas mi maleta, para sentir que ya llego y veo a mi familia, que me contaba de sus planes con el enamorado, que vendría por una año a probar suerte por acá y que luego ella se iría por allá (Australia), que estaba muy emocionada con eso…y yo pensaba, me habría movido, o me habría puesto a saltar al hablar de mi ‘novio’. Y es que somos también bien dramáticos en el sur, y nos gusta el movimiento y bailar y eso debe desesperar un poco a este lado flemático del mundo. La verdad es que nos hemos adaptado. He aprendido de la mesura y de la distancia. También de la reserva para ciertos temas y de la serenidad para otros. He aprendido a mirar con otros ojos a los ancianos o a los enfermos. Hubo una señora el viernes que alegró la noche, se reía a carcajadas, te cogía la mano fuerte para decirte algo gracioso. Una bella.

Entonces, el regreso traerá en mi vida una placidez que no puedo imaginar aún. Tengo la idea de que me costará despegarme de mi niño, o que me quedaré dormida en tus brazos al llegar. Días de no haber dormido por completo, de no haber soñado por completo o de haber tenido que limpiar la cara de tanta lágrima esparcida. Días y noches. Igual, esto de haber arrastrado la nostalgia nos ha ayudado a sobrevivir entre tanto frío. Ese era el calor  que nos hacía avanzar, las historias de los hijos, de la familia, de los amigos. Eso nos ha abrigado entre tanto invierno. Es cierto, también llevo de aprendizaje que ‘son unos locos por acá, y que saben divertirse’. También, eso llevo y unos pedacitos de mi amor esparcido por todas partes en la maleta…pedacitos.

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